Que la inspiración me pille trabajando

En mi última clase le recomendé a un alumno que, nada más llegara a casa, leyera Mortal y rosa, de Umbral. Mi alumno acababa de leer —en voz alta, como siempre hacemos en los talleres—, su texto de la semana. Leer Mortal y rosa le iba a ayudar a escribir mejor ese tipo de texto que acababa de compartir con la clase. Aproveché para recordar uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: un cuento sale de otro cuento. Siempre que Ángel habla de esto, habla de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí para ir empapándonos.

Es algo que cuando estás escribiendo un relato haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz narrativa exacta, y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que recuerdas crees que pueden ir por el mismo lugar, y  con ellos encaminas tu propio relato. Eso se llama género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra o mueven los pies algo nerviosos.

Es algo tan evidente que no se ve a la primera, o bien está tan cubierta de malas interpretaciones —confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente— que casi da un poco de apuro… se dicen cosas como: «¿copiar? ¿yo? ¡cómo voy a hacerlo! ¡si tengo que ser original!». Aunque lo cierto es que mis alumnos, al cabo de unos meses, y prácticamente sin que yo diga nada —solo a base de lecturas—, empiezan ellos también a imitar. Porque es algo natural. Si ya lo dijo Aristóteles en su Poética. Es especialmente bella la parte en que habla de ese nacimiento de la poesía, como de ese instinto que todos tenemos de imitar lo aprovecharon los mejor dotados y de sus improvisaciones nació eso, nació la poesía.

La poesía parece deber su origen, en general, a dos causas, y dos causas naturales. El imitar es connatural al hombre y se manifiesta ello desde su misma infancia —el hombre difiere precisamente de los demás animales en que es muy apto para la imitación, y es por medio de ella como adquiere sus primeros conocimientos—, y, en segundo lugar, todos los hombres experimentan placer en sus imitaciones.[…]

Al ser natural en nosotros el instinto de imitación, igual que lo son la armonía y el ritmo —ya que es evidente que los metros no son más que partes del ritmo— al comienzo los que estaban mejor dotados para ello hicieron poco a poco sus primeros progresos y nació de sus improvisaciones la poesía.

De Poética, de Aristóeles. Edición de de Francisco de P. Samaranch, Aguilar, 1966.

Todo lo aprendemos por imitación. Utilizamos dos cosas, la imitación por un lado, y la prueba y error por el otro. Por ejemplo así aprendemos a andar, y a tantas otras cosas. Más o menos al año de vida resulta que las piernas tienen la bastante fuerza como para casi sostenernos del todo. Y podemos hacer lo que hemos visto que hacen todos los que están a nuestro alrededor, movernos con ellas. Nos caemos y nos levantamos, poco a poco. Pero ningún niño vive esas caídas como un error, menos aún las primeras veces que lo intenta.

Los oficios se aprende por imitación. Siempre ha habido aprendices de cocineros, de panaderos, de costureros. Se mira, se imita, se prueba, y se vuelve a empezar. Una vez que conoces a fondo el proceso, que es tuyo y está interiorizado, las cosas pueden fluir. Ya no estás atento a las herramientas. Pasa con la cocina: hasta que no controlas más o menos bien qué y cómo se puede cocinar cada una de esas verduras que tienes en la nevera, cuánto tardan en hacerse, a qué saben mezcladas unas con otrasÖ hasta ese momento no puedes hacer un plato original, es decir, un plato diferente a cualquier otra cosa que hayas probado. Lo cual implica, claro, haber probado muchísimos platos. No solo de tu cultura. Ni de tu tiempo.

La escritura también es un oficio, tiene una parte muy importante de oficio. No podemos pretender ser originales, es decir, hacer algo diferente, sin tener un conocimiento lo bastante amplio de lo anterior a nosotros. Lo cual, en el punto de la historia de la literatura en la que estamos, es un trabajo grande. No hay manera, claro, de escribir literatura contemporánea sin haber imitado durante mucho tiempo todo de lo que bebemos. Porque sin la imitación no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay interiorización, ni educación de la mirada. Todo esto sin perder la vida y la frescura, y volviendo siempre a ese lugar desde el que se escribe, que más o menos lo tenemos todos localizado aunque a veces parece que no. Es solo pereza, un poco de inercia y bastantes malos hábitos, que por tanto tiempo hemos creído nuestros —y por tanto hecho sólidos, inamovibles—.

4 pensamientos sobre “Que la inspiración me pille trabajando

  1. ¿Ser originales después de 3.000 años de literatura? Tenemos la memoria cargada de cuentos de Borges, de microcuentos de Monterroso, de frases brillantes de Wilde, de «Madame Bovary». Para ser originales en lugar de bolígrafo, tendríamos que utilizar una espada, para ir dando mandobles a todas las influencias literarias que intentan destruir, ya sea a las claras, ya sea de tapadillo, nuestra pretendida originalidad.
    Me conformo con ser un imitador competente, alguien de quien se pueda decir: «Me recuerda a Vargas Llosa y a Borges, pero también tiene un algo…»

  2. Llego tarde, pero llego, gracias a Inés. Precisamente hoy estaba leyendo un pasaje en el que se explica que ser genial no es necesariamente bueno, y que en general es más bien lo contrario:
    ´For all men tragically great are made so through a certain morbidness. Be sure of this, O young ambition, all mortal greatness is but disease.ª (Todos los hombres de trágica grandeza albergan cierta suerte de enfermedad. No te quepa duda, oh joven ambición: toda la grandeza de los mortales no es sino enfermedad.)
    H. Melville, «Moby Dick». (La traducción es mía.)

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