Dulce de leche

El niño de cinco años se esconde debajo de la mesa de la cocina con un tarro de medio litro de dulce de leche y una cuchara. El mantel de cuadros llega hasta el suelo y le cubre por completo. A oscuras abre el tarro, mete la cuchara, y la llena hasta arriba antes de metérsela en la boca en un silencio total.
El hombre prueba una cucharadita de dulce de leche después de cenar, y recuerda esta historia. Recuerda como a los cinco años cogía el tarro de dulce de leche del estante más alto y se escondía debajo de la mesa de la cocina.


La abuela, que nadie le había enseñado cómo había que tratar a los niños, que la habían transplantado a un país que no era el suyo —ni de la madre, ni de las tías, ni tampoco de los niños mayores—, escucha un ruido que la hace sospechar. Como un tragar, un crujido, un chupeteo de la cuchara, no lo sabe bien. Aún así levanta el mantel, que llega hasta el suelo, y se agacha con un grito en la garganta que le sale por la boca.
Y el hombre recuerda lo rico que estaba el dulce de leche. Y cómo no había mayor placer en el mundo por aquel entonces, en un pais que ya era un poco suyo, de esconderse debajo de la mesa, debajo del mantel de cuadros, con la cuchara en la mano y el tarro de dulce de leche en la otra.

Un pensamiento sobre “Dulce de leche

  1. El hombre también recuerda como era poseído por una necesidad vital, un deseo excitante satisfecho y aliviado solo con el rebañar del fondo lubricado de ceras del cartón del tarro de dulce de leche.

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