Que la inspiración me pille trabajando

En mi última clase le recomendé a un alumno que, nada más llegara a casa, leyera Mortal y rosa, de Umbral. Mi alumno acababa de leer —en voz alta, como siempre hacemos en los talleres—, su texto de la semana. Leer Mortal y rosa le iba a ayudar a escribir mejor ese tipo de texto que acababa de compartir con la clase. Aproveché para recordar uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: un cuento sale de otro cuento. Siempre que Ángel habla de esto, habla de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí para ir empapándonos. Es algo que cuando estás escribiendo un relato haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz narrativa exacta, y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que recuerdas crees que pueden ir por el mismo lugar, y  con ellos encaminas tu propio relato. Eso se llama género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y Seguir leyendo

Las llaves de Nasrudin

Muchas veces me pasa lo mismo: busco el teléfono cuando estoy hablando por teléfono. Y me acuerdo de un cuento muy conocido de Nasrudin, el de las llaves y la farola. Me río, claro, qué remedio. Es de noche, bastante tarde ya, y Nasrudín está agachado debajo de una farola buscando algo, tanteando el suelo con las manos. Pasa un vecino y le pregunta qué busca. Nasrudin le responde que busca sus llaves, que las ha perdido. Y su vecino se agacha con él para ayudar a buscarlas. Al rato pasa una vecina y les pregunta lo mismo, y también se agachar para buscar las llaves de Nasrudin. Pero no encuentran nada, entonces la vecina se levanta y le preguna si está seguro de haberlas perdido ahí. Nasrudin responde que no, que las perdió en casa. Los vecinos, escandalizados, le preguntan porqué entonces las está buscando en la farola. Y les responde Nasrudín: porque aquí hay más luz, la casa está muy oscura.

Butoh o la danza de la oscuridad

Hace poco encontré un artículo sobre el Butoh, y se me han quedado flotando las palabras que citan de uno de sus creadores, Kazuo Ohno: “Si quieren comprender sus propios cuerpos deben aprender a caminar bajo el mar, en el lecho marino. Conviértanse en polvo de polilla. Todas las huellas del universo se encuentran en las alas de una polilla.” El Butoh está entre la danza y el teatro, y cuanto más leo sobre ella, más ganas tengo que verla representada. También afirma Ohno, en relación a los cuerpos y el movimiento de los bailarines: “Un trozo de madera, un viejo. Para conseguirlo debes escuchar tu cuerpo. Te indica a través del dolor, del dolor como sonido. Pero es un chispazo mental tan rápido que si lo piensas demasiado, desaparece. Cuando bailas estás existiendo, no piensas”. Lo que se parece mucho a lo que explica Alexandra Kalinine sobre el baile, y es que una y otra vez todas las flechas apuntan al mismo sitio. Y el baile consiste en sentir, en dejar fluir y soltar. No en pensar. Sino en caminar bajo el mar.