Mi vida en cajas

Otra mudanza. Van veintiséis. Creo que ya nadie me toma en serio cuando digo que será la última por un tiempo. Hace un año, justo antes de la mudanza número veinticinco —parecía un momento ideal para hacerlo— interrogué a mis padres y escribí una lista cronológica de todas las casas donde habíamos vivido. Con ellos hice trece mudanzas. Y debe ser algo de los genes, porque después, sin ellos, hice otras doce. Que en unos días serán trece. 1981. En Praia do Jardim, Angra dos Reis. Creo que era un apartamento en la ciudad. Angra dos Reis está a unos 150 kilómetros de Río, ahí nací yo, ahí estaban construyendo una central nuclear, y ahí nos quedamos un tiempo. 1982. Nos mudamos a una casa en Lídice, Río de Janeiro. El lugar más frío en el que estuvimos en Brasil, era montañoso. 1983. En la misma Angra dos Reis, nos mudamos a la casa de los Thompson —así recordada siempre por mis padres—, ya no estaba en la ciudad, sino en una urbanización más cerca de la playa. Lo que llaman “el balneario”. 1984. A principios de año nos mudamos a la casa de Elena, también en el balneario. Y Seguir leyendo

Un poco de mundo

Hace muchísimos años que no escribo ningún diario. Porque este blog, o página, o agujero negro, no puedo llamarlo así. Más bien sería un semanal. Pero acabo de releer un diario que nos hizo escribir en Navidades un profesor de guión que tuvimos en primero —Juan Miguel Lamet—, las Navidades del 2005. Para nada recordaba que tenía escritos uno a uno los días de esas vacaciones. Y me ha alegrado mucho, porque fueron una de las mejores Navidades que pasé en tiempo, y no me acordaba prácticamente de nada —lo cual ha hecho que recuerde, por cierto, que empecé a escribir cuando era muy pequeña justamente por eso, para no olvidarme de las cosas que me pasaban—. Cuatro años después soy otra persona. Me ha traspasado todas esas cosas que cuento en el diario, y todos esos momentos me han traído, de alguna manera, hasta aquí. Es muy curioso leer algo escrito de hace tanto, parece escrito por otra persona, por alguien, tal vez, familiar, pero entre borroso y lejano. Por ejemplo, para entonces mi gata siamesa era ya muy mayor, y escribí lo siguiente el 24 de diciembre: “No era solo la tele, también era por Poli, que estaba Seguir leyendo

El río más ancho del mundo

Me dijo que esa masa de agua que se extendía a nuestros pies era un río. Un río enorme. El río más ancho del mundo. Yo no veía nada más que un mar. Un mar grande y marrón. Si no había otra orilla tenía que ser el mar. Los ríos tienen puentes y peces, no tienen redes y gente pescando. No me creí una palabra, siempre me mentía. Me dijo que lo probase. El mar siempre es salado, si pruebas el agua verás que no es salada. Probé el agua. Sabía tanto a barro que era imposible distinguir nada en ella, ni sal, ni peces, ni restos de camalotes.

La fiesta de la Escuela

El sábado inauguramos por todo lo alto la nueva sede de Escuela de Escritores. Fue día 30 de enero. Y no tiene nada que ver —o tal vez tenga que ver muchísimo—, pero el 30 de enero de hace un año lo tengo marcado en el calendario con varios círculos. Vale, es verdad que separar la Escuela del resto de mi vida es ya complicado, y de cierta forma todo lo que he hecho en los últimos diez años está ligado a la Escuela, desde que me senté en la primera clase de taller con Javi Sagarna. Antes yo solía escribir, claro, pero ese curso todo empezó todo a cobrar forma. Hasta entonces no pensaba que escribir fuera algo más que ciertos juegos con los que te entretienes a veces. Y en el taller me encontré a más gente que no solo escribía, sino que tenia la escritura como algo de gran peso en su vida. Y ahora resulta que estamos un 30 de enero inaugurando la sede de la Escuela, después de un camino larguísimo y lleno de piedras preciosas, y de guijarros, y de diamantes en bruto. Fue el 30 de enero del año pasado cuando se me Seguir leyendo

Insomnio

Suelo dormir muy bien por las noches. Hace años, incluso, me llamaban lirón, marmota, bicho perezoso y animales por el estilo. Además necesito dormir muchas horas. Cuando era niña me aburría dormir. No quería dormir, sentía que estaba perdiendo el tiempo. Leía muchísimo para aprovechar las horas, debí acumular esas horas en algún lado y ahora me las estarán cobrando. Nunca he tenido insomnio. Pero desde hace algunos meses me ocurre lo siguiente: me despierto a las 4:30 de la mañana y no me puedo dormir. Como ahora. Debe ser como la décima vez que me pasa, así que me he levantado a escribirlo, como si esto fuera una especie de rito que fuera a matar el hechizo. He llegado a pensar que en mi calle, a esa hora, todos los días —o uno al mes, quién sabe— ocurre algo. Pasan cosas, pasa una manada de elefantes salvajes que barritan juntos, y me despiertan. O tal vez es algo más sutil, algún tipo de enjambre de murciélagos que emite a una frecuencia extraña que solo me despierta a mí. O, tal vez, es el camión de la basura echando agua a la calle. No lo sé. Pero lo estoy escribiendo, Seguir leyendo