Los cronopios y el primer taller de escritura

A mis alumnos en su primer taller, en algún momento, como a los tres primeros meses, les recomiendo que lean Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. Que no es uno de los libros más fáciles de leer cuando estás empezando, pero que si de repente te toca en algún punto por dentro y hace clic, es una gran alegría. Y es que a mí, y creo que es una confesión bastante común, me gustaría ser un cronopio, uno de esos seres verdes y esponjosos, que se dedican a dibujar con tiza una golondrina en el caparazón de las tortugas.
La primera vez que Cortázar utilizó la palabra «cronopio» fue en una crónica de un concierto de Louis Amstrong, al que llamó: «Louis, enormísimo cronopio». Copio aquí palabas textuales del autor hablando de esos seres extraños, de los cronopios (que si mal no recuerdo he tomado de la entrevista tan conocida de La 2, igual que la frase anterior):

Empecé a escribir sin saber cómo eran. Luego tomaron un aspecto relativamente humano, con esas conductas especiales de los cronopios, que son un poco la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas. Frente a ellos están los famas: grandes gerentes de los bancos, presidentes de las repúblicas, la gente forma que defiende el ordenÖ Las esperanzas son personajes intermedios, que están un poco al final del camino, sometidas, según las circunstancias, a las influencias de los famas y los cronopios. Todas las aventuras que les suceden depende de la psicología de cada uno de ellos.

Hay libros que están hechos para contar una historia. Muchos libros están hechos para contar una historia. Todos los relatos clásicos tienen como objetivo fundamental el de contar una historia. Pero este libro no está hecho solo para contar una historia. Está hecho para remover. Algunos de los textos nos producen risa, otras nos conmueven, otras nos hacen pensar, otras nos inquietan. Está hecho para criticar. Para inquietar. Y eso está muy bien, porque la intención que va por debajo es esa, la de mover sentimientos. Puede que no os haya movido nada, puede que, simplemente, hayáis pasado por algunas de los fragmentos diciendo que no contaban nada. Vale. No es problema. Guardad el libro un año. Leedlo otra vez el año que viene. La percepción sobre las historias seguro que han cambiado. Y en algún momento se siente esa incomodidad, ese remolino en el estómago, ese pequeño agujerito negro.
Este es uno de mis favoritos, el último, el de la tortuga. El final texto tira hacia arriba, como el hilo de una marioneta que cobra vida. Amplia tanto el campo de significado que no puede evitarnos producir una sonrisa, una gran bocana de esperanza, el cronopio es como un niño que juega con el mundo:

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Pero hay muchos más textos. Me he fijado en uno, dentro de «Manual de instrucciones», ese que se llama «La tarea de ablandar el ladrillo».

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique. [Ö]

Este es el principio, y ya se puede ver claramente cómo se marca el ritmo del texto, con muchas repeticiones de estructura. La repetición de estructuras y de palabras exactas da ritmo, como si fuera un metrónomo que va marcando los pasos, como si fuera el tic-tac del reloj. Y el ritmo da, además, sensación de movimiento interno.
Además es todo muy concreto, sobre todo en la última parte, tanto la mujer, como los zapatos, como la casa de enfrente y la pasta de dientes tienen algo en común, son objetos extremadamente concretos. Además le dan movimiento al texto, porque si los imaginamos dentro de una casa, donde suelen estar, y vamos de uno a otro siguiendo al narrador, nos movemos de estancias: pasamos de la mujer a los zapatos, de la cara al suelo por tanto, del dormitorio al cuarto de baño con la pasta de dientes, del cuarto de baño a la ventana por la que el narrador mira la casa de enfrente, y ya ahí de las ventanas al tablero con el anuncio. Todo ese movimiento está implícito, dentro de los objetos escogidos. Y eso le da vida al texto.

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café. [Ö]

De este siguiente párrafo podemos fijarnos en los adjetivos que ha utilizado, ninguno es el primero que se le pasó por la cabeza, seguro. Están todos detrás del sustantivo, excepto uno, esa «fría eficacia». El poner solamente uno por delante del sustantivo hace que ese destaque más que el resto, que cambie un poco el ritmo.
Hay otra apunte interesante en este texto, y es la frase que he señalado en cursiva. Es una intromisión de un narrador en primera persona que habla. Está sin comillas, sin nada, está a pelo. Se ha colado. Pero cambia el ritmo, nos da (otra vez) movimiento, nos introduce una voz, un poco más de vida en ese narrador que habla de su monotonía diaria. Y que habla también de sus sentimientos y sensaciones, desde que «siente» el latido de metal de la cuchara todo el resto está ahí para producir sensaciones, para tratar de transmitirlas, esa negación de todo lo real.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.
Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y aceptar taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso. [Ö]

De aquí me quedo con las metáforas. Qué manera de decir que vuelve a leer un libro, que retoma un libro que seguramente lleva días en su mesilla, medio abierto y sin leerÖ ¿Es visual? Muchísimo. Lo mismo el toro triste, y lo mismo el ladrillo de cristal donde vive. Y la esperanza es un mono se rasca sobre una mesa y tiembla de frío, ¿no es maravilloso? Un mono estúpido que a pesar de tener un gran problema no sabe hacer otra cosa que rascarse la cabeza.

¡Oh cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. [Ö]

Aquí el narrador cambia un poco de tono, se alegra, pone exclamaciones. Y sale claramente de la casa, abre más su escenario, habla de los vecinos del piso de arriba. Para luego pasar a una polilla, una presencia absurda pero que otorga otra vez muchísimo movimiento a la escena, vemos la polilla en el borde del lápiz, vemos algo de repente muy pequeño, que suena, que se mueve, y que tiene un corazón muy pequeño.

Cuando abra la puerta y me asome la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

Y cierra el texto con esperanza desde el otro lado, después de romperle la cabeza a ese mono que antes se rascaba sobre la mesa. Otra vez llegan repeticiones de estructura, y eso produce ritmo. No habla de cualquier flor, no dice simplemente flor, no, dice «magnolia». ¿Y de qué partes se fija de las personas, se fija en los ojos, en los pies? No, se fija en los codos, las pestañas y las uñas, no se fija en lo típico, en lo primero que se nos ocurre mirar a todos cuando nos piden que describamos a alguien. Eso también le da personalidad al narrador, es un narrador que habla de monos, de pestañas, de magnolias, no es cualquier cosa.
Por último cierra el texto retomando algunas ideas del principio, retoma incluso la palabra «pasta» que ya ha empleado varias veces, porque sabe que es una palabra pregnante, que se nos queda en la cabeza. Y la junta a ese «ladrillo de cristal», del que también nos lleva hablando desde el principio. Lo más curioso, por cierto, es que si os fijáis este texto habla de alguien que se levanta por la mañana y hace algo tan sencillo como comprar el periódico. Pero si lo decimos así, claro que sirve, claro.
Un escritor es aquel que coge las palabras y les da la vuelta a su significado, hasta que vuelven a cobrar forma. En este mismo libro lo hace Cortázar con un simple reloj: no es un reloj, es además alguien que te lo regale, es todo el tiempo que implica un reloj, las obligaciones que trae aparejadas, las preocupacionesÖ Y un reloj es una cosa/cosa, claro que sí. Muy visual y concreta.
Este libro es un juego. Un juego que Cortázar propone, y que seguro que disfrutó escribiendo. Porque para escribir tenemos que convertirnos en niños traviesos, tenemos que perderle el respeto a las palabras, a los tópicos, a lo que ya está dicho mil veces. Y tenemos que divertirnos. Sin diversión no hay escritura.

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