La habitación de juegos de la infancia

Reconozco que este es uno de mis temas favoritos. La infancia, el material escondido, el paraíso perdido. Siempre me ha dado muchísima rabia no recordar con más claridad todo lo que viví cuando era una niña, supongo que en parte por esa razón empecé a escribir ópara re-vivir esos momentos, como me dijo Berna una vezó, y es que yo, hasta los doce años me mudé muchísimas veces de casa, de ciudad, y hasta de país, y tengo todos los recuerdos más que borrosos y mezclados entre sí.
La infancia, y el mundo de los niños en general, da para mucho. Los niños consiguen vivir la vida a tope, exactamente igual como debería hacer un escritor al contar un cuento. Un niño pequeño se cree a pie juntillas el juego que se está inventando. Sabe que no es real. Pero, en cambio, se lo cree con absoluta certeza. Es como si ese juego, y todo ese mundo infantil, se desarrollara en otro plano, en un plano donde las cosas son muy de verdad, aunque no ocurran en esta realidad directa. Algo así. Y es un rincón precioso. Y es el mismo rincón al que tenemos que irnos a escribir. Ángel Zapata y Enrique Páez lo llaman así, «la habitación de juegos». Porque estamos hablando, todo el rato, de dos cosas a la vez: la infancia, y la escritura. Cómo lograr que una nos ayude a llegar a la otra.
Jugando, claro.


Cuando somos niños vivimos las cosas con tanta intensidad que es una lástima que no nos acordemos absolutamente de todo. Y, muchas veces, eso que hemos vivido, sale en nuestras historias sin querer, sin que nos demos cuenta. Hace algunos años, por ejemplo, escribí un relato, entre tantos otros. El protagonista era un hombre que escribía sus deseos óir de viaje a Cuba, cambiarse de trabajo, comprarse una motoó en pequeños papelitos, los doblaba y los guardaba en frascos de cristal en la cocina. Así, día tras día, coleccionaba deseos. Cuando uno se cumplía, cogía el frasquito, sacaba el papel y lo rompía. Mi madre se leyó el relato, y se empezó a reír sin poder parar. Resulta que mi padre, cuando yo era pequeña, tenía una colección de frascos de cristal en la cocina. Pero yo no me acordaba. No consigo acordarme aún, pero seguro que de ese recuerdo viene esta historia. ¿Cuántos años después? Pues bastantes.
Cuando escribimos sobre cosas que «nos han pasado» es muy sensato despegarse de esa realidad, y cambiarla. Sobre todo cuando empezamos a escribir. ¿Por qué? Porque la realidad, en sí misma, no es narrativa. Nos pasan muchísimas cosas a lo largo de nuestra vida, y no todas son interesantes y con los elementos necesarios para convertirse en historias. Pero, en cambio, tienen algo muy bueno, y es que sientan bases. Sientan las bases sobre las que construir, porque, lo que sí es real de esas historias es la emoción que nos provocó en ese momento. De ahí que las recordamos. Pero en ese recuerdo nos importa más lo que sentimos en aquel momento, que lo que ocurrió realmente. Es como recordar un viejo aroma. Lo que tenemos que lograr al escribir es que ese viejo aroma lo note el lector, aunque para ello sea necesario cambiarlo todo: inventarnos una abuela que nunca existió, cambiar nombres de personajes, cambiar cosas que pasaron así, quitar objetos, añadir situacionesÖ Es decir, jugar con los elementos basándonos en lo que ya tenemos, pero nunca atándonos del todo «a lo que realmente pasó», porque hacer eso corta muchísimo las alas.
Por otro lado es lo que hacemos siempre. Por ejemplo, esas típicas anécdotas que se cuentan en las cenas familiares. Seguro, me juego lo que sea, que la persona que las cuenta siempre va añadiendo o quitando cosas para hacer la anécdota más interesante, para que los oyentes se rían aún más. De hecho, cuando más años pasan, más se exageran, o se cambian estas historias. Y hasta el propio protagonista de la anécdota se llega a creer que eso ocurrió tal cual lo cuentan. ¿A qué sí? Pues así funciona también la ficción.

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