La vida de ficción

El otro día me comentó un amigo que su hija pequeña acababa de descubrir que el Ratoncito Pérez no era real. Y estaba de lo más triste. ¿Cómo que no es real, quién se ha atrevido a decir algo así? De algún sitio vendrá la leyenda aquella sobre las hadas —¿o eran duendes?—, esa que dice que muere una cada vez que un niño deja de creer en ellas. Conozco a la hija de mi amigo desde que tenía cuatro años, y es una de las niñas con más imaginación con las que me he topado en la vida —si es que hay algún niño que no la tenga—. No me podía creer que tuviera un problema así, a los nueve años. Porque claro que existe el Ratoncito Pérez, y existe mientras se pueda creer en él. ¿O no existen Sherlock Holmes, el monstruo de las galletas, o Gregor Samsa? Siento poner todos en la misma balanza, pero es que existen de verdad en la ficción. Y son tan reales como un elefante africano. Podría entrar a decir que la realidad que asumimos como real tampoco es así, que la realidad que percibimos con los sentidos es la mejor ficción Seguir leyendo

A cuatro manos, con Javi P, en verano cálido

—¿Qué es una mujer descalza? Un perro de pelo largo que creció convencido que era un conejo. —¿Qué es una manada de cuervos? Un carrusel que gira siempre en el mismo sentido y está lleno de niños. —¿Qué es el silencio? Un libro con las hojas en blanco. —¿Qué es un puente sobre un río seco? Una cuerda de cinco kilómetros, trenzada, que uno dos ciudades separadas por un abismo.

La sorpresa de la nieve

Lo mejor del invierno en Madrid es que, a veces, nieva. Nadie sabe cuándo nevará. Yo al menos nunca me entero porque no veo la predicción del tiempo, la nieve siempre me pilla por sorpresa. Lo mejor es que nadie te avise. Lo mejor es despertarse, mirar por la ventana y darte cuenta que ha nevado. Así, de repente. Dura menos de un segundo la sorpresa de la nieve. Vale, tampoco está mal el regalo de la nieve, cuando estás medio dormido debajo de un montón de mantas y alguien te dice en un mensajito al móvil que mires por la ventana. Miras, y como no te lo esperas, pues te sorprendes también. Dos veces, por la nieve y por el regalo. Porque en Madrid, como no nieva todos los días, no tenemos asumida la nieve. No la damos por hecho. O al menos yo no la tengo. Y ese segundo de darse cuenta de que ha nevado es reconfortante, te sale hasta un muy natural: “uy, si ha nevado”. Si viviéramos en un país donde nieva todos los días esto no pasaría. Ni en un país que nunca nieva. Así que no estamos mal, por lo menos hay una Seguir leyendo

La habitación de juegos de la infancia

Reconozco que este es uno de mis temas favoritos. La infancia, el material escondido, el paraíso perdido. Siempre me ha dado muchísima rabia no recordar con más claridad todo lo que viví cuando era una niña, supongo que en parte por esa razón empecé a escribir ópara re-vivir esos momentos, como me dijo Berna una vezó, y es que yo, hasta los doce años me mudé muchísimas veces de casa, de ciudad, y hasta de país, y tengo todos los recuerdos más que borrosos y mezclados entre sí. La infancia, y el mundo de los niños en general, da para mucho. Los niños consiguen vivir la vida a tope, exactamente igual como debería hacer un escritor al contar un cuento. Un niño pequeño se cree a pie juntillas el juego que se está inventando. Sabe que no es real. Pero, en cambio, se lo cree con absoluta certeza. Es como si ese juego, y todo ese mundo infantil, se desarrollara en otro plano, en un plano donde las cosas son muy de verdad, aunque no ocurran en esta realidad directa. Algo así. Y es un rincón precioso. Y es el mismo rincón al que tenemos que irnos a escribir. Ángel Seguir leyendo

Escribir es como bailar

Alexandra Kalinine nos contó que bailar es permitir que el mundo se meta dentro de ti. Dejar que entre. Y después soltarlo, dejarlo ir otra vez. Y a mí todo esto me recuerda a lo que dice Umbral sobre la escritura y la desaparición del cuerpo. “Escribo por el placer de desaparecer”. Y me recuerda a las palabras de Billy Elliot delante del jurado de examen. “Siento como un desaparecer. Como electricidad.” Cuando escribes como si bailaras, y dejas que el mundo se meta y después salga en el papel, la sensación es la misma. No hay un yo que esté escribiendo. Y por eso, en esos momentos, da la sensación que esas palabras están escritas por otra persona. Todo consiste siempre en lo mismo. Sentir espacio. Soltar. Dejar ir. También me recuerda a un ejemplo que ha puesto Lama Tashi cientos de veces. Sobre la pintura y el juego creativo de la interacción, quien pinta un cuadro y en lugar de enfadarse con el borrón que le ha salido sin querer, lo aprovecha para seguir pintando. Dejar fluir lo que salga. Sin bloqueos.