Una luz en la ventana

Así acaba uno de los relatos de Capote de Música para camaleones. Me he acordado de repente porque le viene muy bien al descubrimiento de Wiliam Maxwell. ¿Cómo nadie me había hablado de él antes?
Me lo recomendó Manolo Matji, en alguno de esas curvas perdidas el curso que escribí mi guión de largometraje. Hablamos, en concreto, de la novela Adiós, hasta mañana, publicada por Siruela en 1998 y que yo no lograba encontrar por ningún sitio. Me la prestó y me la devoré. Un año después me enteré de que Libros del Asteroide había publicado no solo esa novela de Maxwell, sino otras tres.
Maxwell fue editor de ficción en el New Yorker, y trabajó con las publicaciones de Salinger, de Cheever, de Updike, de Flannery O¥Connor. Y tiene una mirada muy propia sobre el mundo de los niños. Aquí dejo unos pequeños fragmentos de este Vinieron como golondrinas. La traducción es de Gabriela Bustelo, y el prólogo de Edmundo Paz Soldán.
¿Cómo nadie me había hablado antes de William Maxwell?

El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga.

[…] Bunny les escuchaba cada vez más interesado. Había sido el doctor Macgregor quien le había quitado las amígdalas, quién había puesto los puntos a Robert en un tajo muy largo que se hizo encima del ojo al caerse de una bicicleta, y del que casi no le quedaba cicatriz.
—Tiene un perro de caza nuevo.
—Con este, ¿cuántos van ya?
Su madre se incorporó de repente en su asiento y rebuscó en su costurero hasta encontrar el paquete de las agujas.
—Tres, que yo sepa. Pero uno de ellos tiene lombrices. No ha habido manera de que me hablara de otra cosa.
—¿Lo has visto, papá?
Su padre juntó todas las cartas y separó las que estaban boca arriba de las que estaban bocabajo. A veces Bunny no podía soportar tener que esperar tanto para recibir una respuesta.
—Papá, ¿tú lo has visto, el perro que tiene lombrices?
—Sí, hijo.
—¿Y cómo es?
Su padre barajó ruidosamente las cartas antes de hablar.
—Es un setter inglés.
Desesperado, Bunny se levantó del banco de la ventana; decició encaminarse a la cocina a hacer una visita a Sophie, que al emnos no abandonaba una conversación justo cuando debería empezarla.

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