Lo que me gusta de Seda

Me he leído Seda muchísimas veces, porque es una novela muy corta —y por tanto rápida de releer—, porque es una novela secuencial —debilidades—, porque le tengo cariño —siempre la regalo, y casi siempre gusta— y porque suele ser el primer libro que hago que lean mis alumnos a principio de curso —normalmente lo disfrutan muchísimo, y podemos dar paso a un segundo y tercer libro sin quejas—. Aún así no me canso de leerla, porque tiene esa voz. Esa voz.
Cuando vino Baricco a la Escuela hacía bastante que no me la leía, casi un año. No me dio tiempo a releerla, y además estaba casi segura que de lo último que iba a hablar en la charla era de Seda. Y la mencionó, pero habló de otras muchas cosas que tan bien cuenta Isabel aquí. Pero me la he leído otra vez hace algunos días porque otra vez comienza el curso, y otra vez se la han leído mis alumnos.
Me sigue gustando.
En realidad ni siquiera es una novela. Pero da igual. Supongo que a mí me gustaría escribir algo así. En parte, por eso, me atrae tanto. Me gusta esa voz, me gusta la estructura musical que tiene, las codas, si tiene hasta semichorcheas y silencios, candecias diferentes, todo mezclado bien, a su ritmo justo. Hasta cambia de tonalidad.
Es una voz que baila, que se mueve por donde quiere. Realmente se mueve, va desde la puerta del cabaret, al piano, a las manos del pianista, y a la cabeza del pianista, para bajar a su boca mientras dice voilá. Por ejemplo. Tiene tres mujeres. Que son la misma en algún plano de la realidad. Tiene silencio, y calma, y agitación. Y es suave, la historia es simple. Un hombre que viaja. Que muere de nostalgia por algo que jamás podrá tener. Y una mujer, que, en el fondo, muere por lo mismo. Y un viejo lobo de pueblo que juega su vida al azar y a Santa Inés.
No sé exactamente lo que me gusta de Seda. Me han dicho miles de veces que la historia no es nada —como la seda, porque, en efecto «es como tener la nada entre los dedos»—, me han dicho muchas más veces que es cursi, que es tópica. Y puede que lo sea, de hecho lo es. O está cerca de serlo, lo cual es incluso más emocionante. Se mantiene en un equilibrio estable. Como si caminara por un hilo muy fino que, a la mínima, puede caerse para alguno de esos dos lados tan terribles, lo tópico, lo dulzón.
No sé porqué me gusta, en realidad. Puede que sea por la música. Puede que sea por el tono de fábula oriental, los rasgos. Puede que sean los pájaros de colores, esos miles de pájaros que se escapan de la pajarera volando por el cielo cuando ella abre la puerta. Puede que sea porque esos mismos pájaros, tiempo después, cuelgan en pequeñas jaulas de su carruaje, en peregrinación. Puede que sean los delfines, esos de los que quiere oír hablar Baldabiou. Puede que sea por Hélene y su voz grave, y su historia contada sin palabras, que pasa por la novela igual que pasa por la vida de los demás, sin más, pero dejando huella. Puede que sean los gusanos de seda, esas larvas que mueren al sol porque Hervé Joncour no llega a tiempo a Lavilledieu. Tal vez son los trenes a vapor, ese lago que a veces es la muerte, a veces el diablo, a veces el santo. Puede que sea esa respuesta de Hélene, cuando le dice que ya no queda nada hermoso en el mundo. Puede que sea por ese dolor extraño. Y tan familiar.

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