La cuota social

La casa que parece un hostal está llena de gente. Vivir en la casa que parece un hostal es tener una gran familia. Se hablan dos o tres idiomas ─algunos incomprensibles─, se pisan tablas de madera que crujen, se juega al ajedrez en un suelo de doscientos años, se tiran troncos, botellas y monitores, se compran camisetas con la cara de los miembros de la familia ─con el cuerpo de un montón de chinos─, se cocina dorada al horno y se baja corriendo las escaleras, con zapatillas desgastadas, para recibir a un amigo que vuelve a la casa. Se llevan gorras, se besan estatuas de escayola, vuelan los gatos en las fotos, se montan historias extrañas con las luces del techo.

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