El sueño del gato

Todos los años editamos el libro de alumnos de la Escuela. Este año el libro se ha titulado “El sueño del gato”, es el quinto, y me ha tocado a mí escribir el prólogo (alguna vez tenía que pasar). Hay un momento de la edición en la que todo se encadena, el prologuista necesita el título para escribir el prólogo, y la diseñadora necesita el prólogo para montar la portada. Así que se sienta uno y lo escribe. En toda esa cadena nació el pescador de niebla, y su gato, que corre y vive y sueña por los tejados. Mientras, como no, alguien escribe.

Cuando se apagan las últimas ventanas del edificio, el gato se despereza, estira sus rayas y con un par de saltos elegantes se acomoda en los hombros del pescador de niebla. El pescador tiene un sombrero puntiagudo ñpara esconderse de las luces de las farolasñ, y camina con el gato haciendo equilibrismos por las cornisas. En el hombro derecho apoya la caña de pescar, y con la mano libre parece bailar con la niebla.
Todas las noches, cuando el pescador está llenando con niebla la tercera botella, se enciende la ventana del segundo piso. El gato, al instante, se estira para ver mejor lo que ocurre. El pescador frunce la nariz, no le gustan nada las luces imprevistas, y menos en mitad de la jornada nocturna. Y es que, pasada la medianoche, siempre ocurre lo mismo: la chica del segundo enciende la lámpara de su mesa y se sienta a escribir junto a la ventana.

El pescador es amante de los rituales. Le gusta que las cosas funcionen como un reloj suizo. Sentarse en los tejados al caer la noche con el gato en las rodillas, levantar un poco el sombrero y arrojar el sedal. Cuando por fin llega la niebla, le gusta recoger con lentitud el sedal, subir el cubo lleno hasta arriba y remover la niebla comprobando su calidad. Después, abrir una a una las botellas de cristal y guardar la niebla, solo la buena, con delicadeza. El gato, entonces, se levanta, porque con el trajín de las botellas el pescador no deja de moverse. La chica sí que le entretiene. La observa de reojo, moviendo un poco las orejas. El pescador finge no verla, pero cada vez que se enciende la ventana del segundo, le tiemblan un poco las manos, y algo de niebla se le cae al suelo sin querer. La chica escribe y escribe. Unas veces se pone de pie y recorre la ventana de un lado a otro, leyendo en voz alta. Otras, escribe sin parar, como si alguien le estuviese dictando al oído.
Esa noche, el gato, algo aburrido del trajín del pescador, decide bajar hasta la ventana de la chica. Cuando el gato llega al segundo, la chica duerme con la cabeza sobre el cuaderno y la pluma en la mano. Alrededor, un montón de seres minúsculos, discuten a gritos, afirmando cada cual estar más logrado que el resto. El gato, como buen felino, se acerca hasta ellos con discreción y cuidado. Uno de los seres parece un dragón a medio dibujar, con la cola mordida. Otro, más raro todavía, tiene cabeza de águila y cuerpo de león, habla a gritos y defiende los derechos de su especie. A su lado hace malabares un bufón, y enfrente de ellos, un señor de traje gris le canta a una chica vestida de novia. En el extremo del cuaderno, asomada, una niña, no más grande que un botón, tiene la cabeza metida en un pozo. Hay una mesa que habla con un enano de capa roja, y un espejo con patas que persigue a tres polillas. El gato está fascinado, pero no lo suficiente como para reprimir su instinto y lanzarse de un salto sobre tanta miniatura. Nada más aterrizar el gato, los habitantes se esfuman y la chica despierta. No parece asustarse del gato y de sus rayas. Le acaricia unos segundos, encantada, hasta dejar la vista fija en un punto invisible y retomar su pluma para seguir escribiendo. El pescador les observa desde el tejado sin perder detalle, moviendo mucho las manos y enredando, de puro nervio, el sedal de la caña. Se queda boquiabierto cuando el gato, en un intento de retomar la atención de la chica, frota su hocico en el cuaderno. La chica no parece dejarse conquistar, así que el gato, poco después, sale por la ventana con otro salto elegante y vuelve a subir hasta el tejado.
El pescador le recrimina al gato su distracción. Si es que por las noches lo normal es que la gente duerma, no que se pongan a encender luces o crear pequeños seres molestos y gritones que espantan la niebla y le distraen a uno de su trabajo. El pescador silba entre dientes una canción de tres notas, para disimular que no puede deshacer el gran nudo que tiene ahora el sedal. El gato, sin ofenderse, se acomoda en el regazo del pescador, que, con un suspiro de paciencia se deja hacer. Estira las patas y se enrosca sobre su cola, dejándose acunar por el ronroneo de la niebla. ¡Para qué preocuparse por tonterías, con lo bien que se está al fresco en las noches de luna!
El Escorial, 1 de mayo 2008