Nahuel

Nahuel se duerme en mis brazos. Lleva todo el día corriendo de un lado para otro, sin los zapatos. Mi maleta pesa más que él pero dan menos ganas de llevársela. Escribe mi nombre con las fichas de scrabble en el mueble de la cocina, y se disfraza con las caretas que le recorto en papel. Nos llevamos bien, aunque dice que hablo otro idioma. A Nahuel le gustan las cosas que brillan, la tarta de chocolate y crema, ponerse la capucha de mi chaqueta y viajar en el carrito del aeropuerto, posar para las fotos, que Pablo le levante por los aires. Y trepar a los árboles, descalzo, a mirar el mundo desde ahí arriba.

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