El cuarto de los juguetes

La habitación favorita de Mariana es el cuarto de los juguetes. Es donde, cuando le roba tiempo al día, pasa horas muertas ajena a todo lo que ocurre en el mundo. Ya se puede quemar la casa o escaparse un ladrón en el patio de vecinos, que Mariana cuando está en su cuarto de los juguetes no hace caso a nadie. En sus mejores días ni abre la puerta cuando la llaman a comer. En los peores, las cosas cambian. La ventana parece hacerse más y más grande y tiene tantas razones para distraerse que le aburren todos esos juguetes. No entiende cómo alguna vez se divirtió con ellos. Los juguetes parecen quedarse sin vida y no entretener a nadie más que al gato. Estos momentos son todo un misterio aún para Mariana.

Domingo

Escribir. Dormir. Volver a escribir. Dormir menos. Despertarse de día. Leer Hamlet. Cocinar pollo al curry. Escribir, escribir. Transcribir el guión entero de Antes del atardecer. Leer sobre las calles de Nueva York. Repasar anuncios de pisos en la Plata. Escribir un mail en inglés, muy largo. Volver a leer Hamlet. Recitar en voz alta. Escuchar a Mario San Miguel, ¿dónde para la orquesta del amor? Tomar mate. Dormir. Escribir. Escribir.

La vuelta

Leer, como tantas otras noches de miércoles, en la puerta del baño del Cabreira, una frase escrita a boli. Por primera vez, recordarla: “Tus huesos se arqueaban como flores”. Llegar a casa después de una noche hablando de Virginia Woolf, Céline, Javier Marías, Conrad. Abrir la puerta sin hacer ruido. Los gatos saludan como si no te hubieran visto en días. Cerrar la puerta y sentarse con ellos. Ronronean. Tumbarse en el suelo. Los gatos te caminan por la espalda, la pequeña se acuesta en tu cabeza. Tumbarse en la cama. Leer un cuento que acaban de regalarte. Los ojos como platos. Quedarse mirando tus libros durante horas. Tanto trabajo (tanto). No poder dormir. Escribir a las seis de la mañana. La gata, la misma que antes se quedó dormida en tu cabeza, se sube a la cama ronroneando.

Nahuel

Nahuel se duerme en mis brazos. Lleva todo el día corriendo de un lado para otro, sin los zapatos. Mi maleta pesa más que él pero dan menos ganas de llevársela. Escribe mi nombre con las fichas de scrabble en el mueble de la cocina, y se disfraza con las caretas que le recorto en papel. Nos llevamos bien, aunque dice que hablo otro idioma. A Nahuel le gustan las cosas que brillan, la tarta de chocolate y crema, ponerse la capucha de mi chaqueta y viajar en el carrito del aeropuerto, posar para las fotos, que Pablo le levante por los aires. Y trepar a los árboles, descalzo, a mirar el mundo desde ahí arriba.

El último asado

El último asado se hace de rogar. Descubro que mis primas tienen un patio que no sabía que existía, con un roble que no sabía que existía y una piscina que no debía estar allí hace tiempo. Sobre la parrilla una luz (portátil) cubierta de telarañas. La luciérnaga mal hecha nos hace compañía junto al fuego. Ha refrescado y se está bien aquí fuera. Jugamos hasta las seis de la mañana con dos dados y dinero falso, no queremos irnos a ningún lado. Javi me acompaña hasta la puerta de casa. Brillan otras estrellas entre las Tres Marías, lo curioso realmente es que sigan brillando y nosotros, sigamos aquí abajo montando paraísos.

Una noche

Empieza sonando Calamaro en el coche, como en voz baja, como si siempre estuviera cantando ahí dentro. Sigue en un sitio tranquilo, casi vacío, para cenar, con una charla agradable y un buen vino. Se alarga con dos cervezas (en botella, como nunca) rodeados de paredes cubiertas de historia. Hablamos de todo lo que no hablamos en veintiséis años. Termina tarde, sonando Calamaro en el coche, como en voz baja. Como si nunca dejara de cantar.

Puzzle

El salón está recién pintado, parece nuevo. Al fondo tiene un arbolito de Navidad, y encima del piano unos niños cantando las sietas musicales. Festejamos los días sin salir del salón ni de la cocina, sin dejar de tomar mate, sin dejar de hablar, sin dejar de contarnos lo que nos pasó los últimos de siete años, sin dejar de ver (de fondo) películas en inglés, sin dejar de escuchar a los Auténticos Decadentes y de jugar al pool. La noche de año nuevo la gente sale a bailar, tira cohetes, se emborracha, saca un bote a la calle para lavarlo, come mucho, bebe mucho. Nosotras nos quedamos hablando, en el salón recién pintado, como si lo hiciéramos todos los días, todas las noches. Como si lo echaramos de menos, primita. Fuera todavía vuelan globos de papel con velas encendidas.

Cuatro horas en bus

Viajamos en un escarabajo de color naranja hasta lo más parecido al borde del mar. Las calles de Capital están hasta arriba de coches, al escarabajo se le puede abrir el techo. Mucho calor. Cómo es posible qué, al mismo tiempo, en nuestra casa esté haciendo tanto frío. Pensamos en eso cuando nos tumbamos en la hierba. Sopla viento y hay gente en la arena volando cometas.

Fresas en año nuevo

Mi padre viajó con esta planta de fresas desde Brasil, veinte años atrás. Hoy, 31 de diciembre, en Berisso, comí la última fresa que dio la planta. La última del año. Era pequeña, roja y muy dulce. Me la regaló mi madrina, en un acto solemne a treinta y siete grados de temperatura. Entre tanto el mundo ha seguido girando. Y las fresas, año nuevo tras año nuevo, no dejan de florecer.