Buenos Aires

En Buenos Aires los gorriones son más grandes que en París. Y más desconfiados. Lo mismo pasa con la gente. Se acercan lo más rápido que pueden a los cachitos de empanada, y salen volando después. En París, los más atrevidos, subían a la mano a picotear. Los árboles centenarios de Buenos Aires se ahogan entre el humo de los coches. Por suerte son tan altos que sobreviven en su mundo, y siguen creciendo, ajenos al tránsito y a la gente. Entre los gorriones del parque San Martín hay mirlos negros y cacatuas verdes.

Ensenada

El tiempo hace que los viejos amigos sigan con la gorra puesta y toquen la batería en grupos de rock. ¿Dónde quedaron las flores robadas? En el local de madera hay una ristra de ajos en la puerta, una cuerda en el techo para colgar a un pirata y un enorme cangrejo de cartón piedra. Extraña combinación. Iremos a festejar hasta que el mundo esté mejor. Y siga amaneciendo, a las cinco de la mañana, y estemos las dos contentas de nuevo, y sigamos manejando por las calles empedradas y sin poder abrir la puerta de la casa blanca. En las noches lindas siempre amanece temprano, se roban paquetes de chicle o cigarrillos, y el hielo se acaba siempre derritiendo sin que te des cuenta.

Siete años

Y estamos igual, seguimos igual. Más viejos. Más sabios. Las tardes siguen siendo de sol y de mate, como nos hubiéramos visto ayer. Nos merecemos un verano, primita. La luna se dibuja casi llena al otro lado del río, tiene poco camalotes este verano. Sopla un viento que mueve toda la casa blanca y tira ramas. El ombú que plantó Mirta está más alto que nunca. Llevaba siete años sin abrazarte. Ahora tengo canas. Vos estás igual, viejo. Ya no paseamos tanto a Bran, que casi no consigue vernos con los ojos opacos. Pensar que hace tiempo no se gustaban.

Berisso y La Plata

Llegué un poquito del verano, el 20, a la madrugada. Hay calor y carretera desconchada. Los coches se saltan los semáforos en rojo y pasan por las vías de tren como si no estuvieran ahí. La llama de YPF está toda la noche encendida. Berisso sigue oliendo a zanja, y a río, y a verde, y a jacarandá. Caminamos entre la gente y tomamos la primera Quilmer del verano. La cerveza la sirven entera, todo el litro en la mesa, dos vasos grandes y un platito de maní.

Cosas que nunca hicimos juntos

Viajar a otro país. Bailar una vez al mes. Besarnos bajo el agua. Subir a un globo aerostático. Leernos un libro en voz alta. Montar una barbacoa para los amigos. Planificar los días que haríamos el amor. Organizar una excursión al zoo un verano. Navegar. Hacer un sinpa en un restaurante caro. Mentir. Tener un perro y sacarlo a la calle todos los días. Jugar al ajedrez o a las damas. Discutir. Acabar de ver juntos esas series que empezamos. Hacernos daño intencionadamente. Comer en un japonés. Alquilar una barca en el lago del Retiro. Conseguir que las plantas —todas menos el bambú— no muriesen a los pocos meses. Colgar los cuadros del comedor.

El pescador

Pesca niebla. Todas las mañanas. Le gusta subir a los tejados justo cuando empieza a aclararse el mundo, y esperar a que amanezca sentado en el borde de cualquier chimenea. Le gusta ver salir el sol y desperezarse a los pájaros. Saca su caña ñes una caña especial, no es cualquier caña, y es que la niebla no es tan fácil de pescar como pareceñ y prepara los aparejos. Le gusta pescar con guantes, y un sombrero pequeño, caliente. Lanza el sedal con fuerza. El anzuelo se pierde entre la niebla. Cuando lo pierde de vista y no hay forma de ver ninguna de las plumas de colores que siempre lo rodean ñlas plumas son imprescindibles para pescar nieblañ se relaja, sabe que tendrá una buena jornada.