Paraísos perdidos

En un montoncito de hojas secas, crujientes, entierra las ilusiones de sus paraísos perdidos. Una casita de luz en el medio de la noche y las bendiciones. La luna llena entre nubes sobre el balcón de las Comendadoras. Dos niños recogen las huellas dactilares de todos los invitados de la casa. Un cigarrillo amargo y el mar dulce a la orilla de la Balandra. Una botella de vino rosado y los pies colgando sobre el Sena. Una tormenta de lluvia fina y ventosa sobre un castillo derruido, en un acantilado al borde del mar del norte de Inglaterra. Unos dedos, seguros y hermosos, tocan el canon de Pachelbel en una guitarra española.


Dos primeros veranos, encima de un árbol retirado de un cámping de Cartagena. Una canción sobre todas las formas al final de un curso lleno de emociones. Volar dentro de un sueño. Canciones de los Ramones en un rincón de Malasaña lleno de historias. Bailar samba hasta altas horas de la noche, con los pies descalzos, para estrenar una radio nueva. Varias tardes de verano lentas, con risas y surrealismo cerca del mar de Valencia. Un lunes noche en una casa antigua de Lavapiés, armando y desmontando películas. La luna, otra vez, llena de nuevo, rodeada de todo el espacio del mundo. Un grupo de amigos improvisa en un concierto de country en las murallas de Ávila. Un trébol de cuatro hojas óel segundo en dos añosó asomando entre otras hierbas.
Sopla el viento juguetón que, en dos segundos, reparte todas las hojas secas por el jardín. El montoncito desaparece, quedando debajo nada más que césped. Tal como siempre.

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