Sábado de agua

La sidra, cuando se agita, escupe con fuerza y empapa cabezas locas. Cae agua desde los balcones y la gente corre de un lado a otro para mojarse. Se suben a vallas, a coches, a cubos de basura. Se suben unos encima de otros para mojarse mejor. Los besos saben dulces y los sueños pierden sentido. Lo único que importa es el agua que cae, a cubos. Los riegan con alcohol para que crezcan fuertes y mareados. Ritos tribales para cerrar el verano.

Cuentos chinos para japoneses

Un duende naranja de la noche me cuenta historias debajo de un portal, un número once en una calle perdida de la Latina. Llueve y se me mojan los pies. Su acento me recuerda a un verano de hace diez años. El folio de su historia se come a un niña que dibuja en él, y cuando lo entierran crece un gran árbol con hojas que son folios perfectos. El duende se queda dormido mientras fuma cigarrillos, tira las colillas a los charcos brillantes y ya no me cuenta historias. Su silencio es espeso, como de jarabe de arce con limón y canela.

Navalafuente

Encontramos un pez de juguete debajo de la mesa de piedra. Tenía un cachito de metal por boca, para que pudiera cogerse con el imán de una caña de pescar diminuta, y llevaba cinco años allí esperando que alguien lo encontrara. Encontramos una libra esterlina al lado de un tablero de ajedrez. Un pozo roto, trozos de cristal en el suelo y ruidos en la ventana. Un tesoro escondido entre varios litros de alcohol a las tres de la madrugada y canciones antiguas rompiendo la noche con ternura. Cuando nos fuimos de allí dejamos el pez de juguete exactamente donde estaba, para no cambiar el orden de las cosas. Hay una raza de peces que crece entre las piedras en los jardines del norte y se alimenta de caricias robadas.

Perder la magia

¿Dónde va la magia cuando se pierde? Se la come un dragón tímido que duerme en una cueva escondida. El mismo que se come las ilusiones de los niños y los cuentos de los abuelos. No hay una princesa prometida. También se la ha comido el dragón. O se la ha inventado, para divertirse un rato. Cuando se pierde la magia no se puede volver a creer en ella. Descubres el truco, te destapan los ojos a algo que nunca antes habías visto pero que siempre había estado ahí. Es imposible dejar de verlo, la varita se te cae al suelo y pierde todo su poder. El dragón tímido está empachado de tanta verdad.

Memes y otras hierbas

Estaba a punto de escaparme de la cadena de memes, casi segura que mi vuelta a las hierbas había sido silenciosa y discreta. Asumo mi error y rescato el desafío del amigo Tiburcio Samsa, que parece que no sigue de vacaciones. A ver si los encuentro, ocho tienen que ser. Secretos e inconfesables, nada menos. 1. Hasta los siete años estuve convencida de que en realidad, el mundo era mucho más grande. Que el globo terráqueo mentía, y que tenía que haber muchos más continentes que cinco (me parecían muy pocos). 2. A los diez años lo que más me enorgullecía en el mundo era estar leyendo “La historia interminable”, de Michael Ende. 3. Hasta los once años, a raíz de los carteles que veía por la calle donde decía: “no pegar carteles, responsable la empresa anunciadora”, pensaba que la “empresa anunciadora” se trataba de una compañía grande y poderosa encargada del mantenimiento y la limpieza de los cristales de la ciudad.

Paraísos perdidos

En un montoncito de hojas secas, crujientes, entierra las ilusiones de sus paraísos perdidos. Una casita de luz en el medio de la noche y las bendiciones. La luna llena entre nubes sobre el balcón de las Comendadoras. Dos niños recogen las huellas dactilares de todos los invitados de la casa. Un cigarrillo amargo y el mar dulce a la orilla de la Balandra. Una botella de vino rosado y los pies colgando sobre el Sena. Una tormenta de lluvia fina y ventosa sobre un castillo derruido, en un acantilado al borde del mar del norte de Inglaterra. Unos dedos, seguros y hermosos, tocan el canon de Pachelbel en una guitarra española.