Primera visita a Francia

Desde el avión, Francia parece un lugar muy ordenado. Los cultivos tienen los bordes delimitados, casi cortados con tijera, están unos junto a otros, y a veces, entre medias, aparece un pequeño bosque. En cada pueblo, en el centro, hay una iglesia, rodedada de casas en calles alineadas. El avión se inclina hacia un lado y por un momento parece que vamos a caer en la selva. Nada más aterrizar veo un conejo marrón, curioso, entre las hierba. Pega un salto y lo pierdo de vista. Doce kilómetros de ciervos sueltos.

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