París

Son las cinco de la mañana y no se nos ocurre otra cosa que caminar hasta la Torre Eiffel desde el barrio latino. Una buena caminata por la orilla del río al amanecer. Encontramos gente durmiendo debajo de los puentes. Una garza, elegante, en silencio. Y la Torre Eiffel, inesperada, surgiendo con toda su fuerza de la nada. Los jardines están vacíos. Durante un segundo pienso que tenemos suerte, que debe ser difícil estar en un sitio como ese, tan vacío y tan en silencio. Es como si fuéramos las primeras personas en el mundo en verla.


París es una isla a la que llegar cuando estás muy cansado. Es fácil curarse en París. Solo hay que dejar el plano en la mochila y tratar de perderse por las calles. Atravesar puentes, seguir a la gente que parece ir a algún sitio y buscar a la Maga por los rincones. Dejar que las cosas aparezcan por sí solas. En París, cuando te pierdes, sale de la nada una iglesia inesperada en cualquier rincón. O un gato negro con collar amarillo que se mueve con seguridad por las callejuelas de Montmartre.

Los comentarios están cerrados.