Sagunto

Después de varias horas dentro del mar, jugando con las olas, acabamos con la piel de los dedos muy arrugada. La corriente nos lleva cada vez más lejos, pasamos los columpios y casi llegamos a Canet. Pablo es una cabecita con rizos rubios entre las burbujas, no puede andar con las aletas y tengo que quitárselas. Diego quiere pescar con un pedazo de pan, me explica cómo lo hizo una vez, mezclando varios ingredientes cual fuera una pócima. Las olas le hacen cosquillas a Pablo, que ríe sin parar. La pequeña lleva un bikini lleno de colores y un sol sonriente pintado en el brazo. Ahora está todos en casa, buscando al niño invisible, que tiene un coche volador y es amigo del dinosaurio del armario. Se esconde siempre muy bien, pero lo encontrarán seguro antes de la cena.

Salou

Las paredes del salón de Enrique parecen un helado de vainilla, del bueno, con motitas marrones. El champú huele a menta y el gel parece yogur. Enrique colecciona sabores del té de todo el mundo. Hay un elefante de piedra y una pequeña urraca viviendo entre las raíces de sus plantas. Bobby me cuenta que la arena de la playa la han traído de otro sitio, que es por eso que tiene esos puntitos dorados que parecen purpurina. Los niños comen galletas con sabor a extraterrestre, nave espacio y constelaciones solares.

Panillo

En el jardín de Berna hay tres gatitos de un par de meses. El más pequeño está en los huesos y no quiere comer cuando le vemos. Hay mariposas y campanillas blancas que anuncian buenas noticias. Dos sillas de playa donde tomar el fresco o donde tomar el sol. Hay hierbabuena para hacer mojitos, escondida entre matojos de ortigas y malas hierbas. Un templo iluminado al fondo, muy presente en una de las colinas. Un muro de piedra delimita el jardín, los gatos duermen la siesta encima, al borde del abismo. Hay tardes tranquilas y calurosas, en las que arreglamos un poco el cachito de mundo que está delante de nosotras. Solo hay que mirar todo por segunda vez, porque las soluciones siempre han estado ahí.

Tres días en París

Solo fueron tres días en París. Un chico rubio lleva una gorra roja con la bandera de Canadá mientras cocina espaguetis. El mundo es pequeño: él nació en la isla del Príncipe Eduardo y odia a Ana de las Tejas Verdes. Me cuenta que la isla del Príncipe tiene los atardeceres más bonitos del mundo. Me regala una flor morada mientras yo le espero fingiendo que fumo a la puerta del hostal. Recorremos París sin dinero en los bolsillos. La vida es muy simple, solo hace falta un poco de pan, un poco de queso y una botella de vino. Es cierto que París tiene algo que enamora y repara corazones rotos.

París

Son las cinco de la mañana y no se nos ocurre otra cosa que caminar hasta la Torre Eiffel desde el barrio latino. Una buena caminata por la orilla del río al amanecer. Encontramos gente durmiendo debajo de los puentes. Una garza, elegante, en silencio. Y la Torre Eiffel, inesperada, surgiendo con toda su fuerza de la nada. Los jardines están vacíos. Durante un segundo pienso que tenemos suerte, que debe ser difícil estar en un sitio como ese, tan vacío y tan en silencio. Es como si fuéramos las primeras personas en el mundo en verla.

Primera visita a Francia

Desde el avión, Francia parece un lugar muy ordenado. Los cultivos tienen los bordes delimitados, casi cortados con tijera, están unos junto a otros, y a veces, entre medias, aparece un pequeño bosque. En cada pueblo, en el centro, hay una iglesia, rodedada de casas en calles alineadas. El avión se inclina hacia un lado y por un momento parece que vamos a caer en la selva. Nada más aterrizar veo un conejo marrón, curioso, entre las hierba. Pega un salto y lo pierdo de vista. Doce kilómetros de ciervos sueltos.