Fragmentos de Mudanzas, con Ari, el Moby, en el Marley

Supongo que si uno no se muere sobrevive a casi todo. Dicho así suena tonto, ya lo sé, pero hay momentos en los que uno para, piensa, y eso es todo lo que encuentra. Joder, estar aquí, seguir estando. Y encima tiene que alegrarse. Lo cierto es que si algo se puso en marcha, si algo se puso de verdad en movimiento, lo hizo aquella tarde en el Marley. Era sábado y, si había que medirlo por mis sentimientos, el último de mi vida. Aplastado, así me sentía, como si un camión de volquete hubiera dejado caer sobre mí las cajas de una mudanza entera. Todas aquellas cajas y yo allí debajo, hecho papilla, incapaz de moverme, derribado por un dolor tan gigantesco que estaba seguro de que tenía que haberme matado. Pero no estaba muerto, estaba allí, desplomado en uno de los sillones del Marley mientras la cerveza se me calentaba, con un asiento vacío a mi lado.

[…]
´A ver si te crees que la policía es tontaª, me soltó mi viejo y a punto estuvo de darme un ataque de risa. Es una de sus frases favoritas, la usa siempre que cree que te ha pillado, para darse pisto y demostrar quién manda, pero aquel día sonaba a chiste de los buenos. Se ve que la vieja estaba apostada a la salida del loquero, en el bar de enfrente o así, y me había visto montarme en la moto del Moby. Así que metí la pata cuando me preguntaron de dónde venía y les dije que de la biblioteca. No era una mentira muy buena, ni siquiera sabía dónde estaba esa cochina biblioteca, pero como el Moby, de repente, había pasado a ser el amigo prohibido, la mala compañía, ese al que se le echan todas las culpas, me la inventé sobre la marcha.
Y, claro, no coló.
ñA ver si te crees que la policía es tonta -me dijo mi padre.
Y como no me enfadé ñlo normal hubiera sido que, en ese punto, me liara a gritos y me encerrase en mi cuartoñ, no paró hasta que consiguió que le reconociera que había estado con el Moby, por ahí, tomando cañas. Tampoco era una buena mentira porque con todo el tema del control se nos había hecho tarde y en cuanto dejamos la mochila el Moby me trajo a casa. Qué coño, nos hubiera venido bien una caña, o diez, para quitamos el susto, pero eran ya más de las tres y para evitarme broncas había subido a toda hostia, tragándome las ganas de preguntarle al Moby cómo se las había ingeniado para engañar a los monos.
[…]
Para que no me dieran más la vara, salí de casa a las ocho, bajé al parque del Oeste y me tumbé allí, en una de las cuestas. Estaba hecho polvo por el madrugón o tal vez solo fuese la resaca del fin de semana. Ya hacía calor, y se estaba bien allí, tumbado en el césped. Entonces lo vi, al final de la cuesta, en el camino. Traje y corbata, por los cuarenta o así, llevaba una cajita en la mano y miraba a todos lados con disimulo, como si estuviera a punto de hacer alguna. No sé si él me vio, en cualquier caso no me dio importancia. Dejó pasar a un par de viejas y a uno de esos colgados que se matan a correr de buena mañana y entonces se agachó, abrió la caja y soltó al ratón. era una especie de hámster, eso me pareció, de esos pardos que se llevan ahora. El bicho se quedó pasmado, mirando.
ñVamos ñle dijo el tipo agitando la manoñ, vete.
Me dieron ganas de llamarle de todo, de preguntarle qué cuento pensaba contarle a su hijo cuando a la vuelta del cole se encontrara la jaula vacía, cuando levantase las virutas y solo encontrara restos de pipas y las hojas de lechuga a medio pudrid. Pero me quedé bien quieto mientras el tipo le daba golpecitos en el culo al pobre bicho hasta que consiguió que echase a andar hacia la hierba alta.

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