El gallo de la cocina

Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.


Papá dejó de escribir sus ilusiones el día que metió el gallo en casa. Al gallo le gustaba vivir en la cocina, podríamos decir que se instaló, con sus cacareos y su cresta roja. No se movía de allí, ni siquiera para ver salir el sol. Seguramente fuera el único gallo que no salía en la puesta de sol, y uno de los pocos que vivían en una cocina. Nunca supimos porqué lo trajo a casa, a papá le pilló tan de sorpresa que no llegó a preguntarlo, y al poco tiempo le tomamos cariño y el gallo se quedó en la cocina. Mamá a veces hacía bromas y le amenazaba con la cazuela y el cuchillo, pero todos sabemos que no lo decía en serio. Estaba encantada con el gallo, entre otras cosas porque desde el día que entró en la cocina, papá dejó en paz sus frasquitos y sus ilusiones.
Creo que fue nada más llegar el gallo, papá estaba en la mesa como de costumbre con sus papelitos blancos y el gallo, aterrizando con gracia en la mesa, cacareó y se comió una ilusión ñla del aumento de sueldo-; de un trago, como sin nada. Papá se quedó sin palabras y durante un momento la situación fue muy tensa. El gallo estaba quieto, con la mirada fija en papá, inconsciente del tamaño de sus acciones. Y papá enfrente, sin perderle de vista y con el frasquito de vidrio, vacío, en la mano. Fue entonces cuando el gallo intentó volar, y cayó de una forma tan graciosa que todos nos reímos, hasta papá; que revolvió todos los cajones buscando un poco de maíz que darle al gallo. Cuando se le acabó el maíz papá se fue a dormir olvidando sus papelitos blancos.
Una mañana el gallo se escapó de la cocina, intentó volar, esta vez por el patio y con un poco más de éxito, logró llegar hasta el cerezo y se quedó cacareando allí un buen rato. Ese día papá se levantó decidido, abrió el armario de las ilusiones y cogió uno de los frascos, uno cualquiera. Lo abrió, sacó sin demora el papelito blanco, y lo tiró a la basura después de echarle un vistazo. Dijo que hiciéramos las maletas, que nos íbamos de viaje a Roma.

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