de Alejandra Pizarnik, Ojos primitivos

Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración. Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la compresión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

Calamón

Cuando era pequeña me asombraba la cantidad de palabras que se oían en casa. Sobre todo en la cocina. La puerta de la cocina siempre estaba abierta, tenías que pasar por la cocina cuando entrabas desde la calle, y la mayoría de la gente se iba quedando allí, sentada. No les interesaba el resto de la casa. Se sentaban en la cocina y empezaban a hablar, a decir un montón de palabras apelotonadas. Yo no entendía la mayoría de ellas, y pasaba el tiempo preguntándole a mi padre qué significaba esto o qué quería decir con lo otro. Mi padre tenía un humor tan singular como grande era su orgullo, y que nunca admitía no entender ciertas palabras rimbombantes que decía mi tío Juan.