de Antonio Albors, La sonrisa de las aves

Un aviso. Si de tu barrio han desaparecido tordos, avefrías, oropéndolas, mirlos, currucas tomilleras o zarceras, petirrojos, zorzales, tórtolas, abejarucos, alondras, horneros, calandrias, chorlitos grises o dorados, herrerillos, ruiseñores, abubillas, rabilargos, verdecillos y gorriones molineros o morunos, no te preocupes. Están todos en mi jardín, comiéndose las semillas que para resembrar he esparcido por la pequeña pradera. Ningún invierno consigo que quede semilla alguna para su original propósito (el de dar lustre a mi yerba). No soy capaz ni de asustarlas un rato ¡se las ve tan felices! Ya las verás tú cuando regresen tan contentas a tus terrenos, con el buche completo y una sonrisa en el pico. Sucede siempre y quería que supieras la razón de su contento al llegar estas fechas. No es porque intuyan la primavera, es por el atracón en mi jardín. Los primeros años las maldecía en voz baja, pero ahora me dan igual las calvas en la yerba. El propósito de la resiembra es verlas comer, a algunas en grupo y a las más en soledad, pero todas con la soltura que da el sentirse por un rato en el paraíso de las aves.

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