de Federico García Lorca, Panorama ciego de Nueva York

Si no son los pájaros cubiertos de ceniza, si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda, serán las delicadas criaturas del aire que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible. Pero no, no son los pájaros, porque los pájaros están a punto de ser bueyes; pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna y son siempre muchachos heridos antes de que los jueces levanten la tela.

de Antonio Albors, La sonrisa de las aves

Un aviso. Si de tu barrio han desaparecido tordos, avefrías, oropéndolas, mirlos, currucas tomilleras o zarceras, petirrojos, zorzales, tórtolas, abejarucos, alondras, horneros, calandrias, chorlitos grises o dorados, herrerillos, ruiseñores, abubillas, rabilargos, verdecillos y gorriones molineros o morunos, no te preocupes. Están todos en mi jardín, comiéndose las semillas que para resembrar he esparcido por la pequeña pradera. Ningún invierno consigo que quede semilla alguna para su original propósito (el de dar lustre a mi yerba). No soy capaz ni de asustarlas un rato ¡se las ve tan felices! Ya las verás tú cuando regresen tan contentas a tus terrenos, con el buche completo y una sonrisa en el pico. Sucede siempre y quería que supieras la razón de su contento al llegar estas fechas. No es porque intuyan la primavera, es por el atracón en mi jardín. Los primeros años las maldecía en voz baja, pero ahora me dan igual las calvas en la yerba. El propósito de la resiembra es verlas comer, a algunas en grupo y a las más en soledad, pero todas con la soltura que da el sentirse por un rato en el paraíso de las aves.

Peces tropicales

Me han regalado dos peces tropicales, idénticos, de color naranja. Me los regaló mi amiga Clara, nada más volver de Cancún, ya que estaba convencida que los peces tropicales le alegran la vida a cualquiera, sobre todo si son de color naranja. Y me había visto, ¿cómo había dicho ella?, un poco gris. Yo llevaba tres días enteros sin salir de casa esperando una llamada de teléfono que no llegaba, y puede que sí, que estuviera un poco gris. El móvil sonó por fin ayer, a las seis de la tarde, pero solo era mi amiga Clara que había vuelto de Cancún con una “sorpresita” para mí. A la media hora apareció en la puerta de mi casa con dos peces naranja en una bolsa de plástico. “Son ideales para tu pecera”. A Clara le gustaba mucho esa palabra, “ideal”, todo en su vida era “ideal”, lo utilizaba sin ningún problema tanto para adjetivar la dieta de la coliflor como los escaparates de la calle Velázquez.