Charcos

Cuando llueve un lunes se limpia toda la semana. Los charcos están fríos y el agua se cuela por el bajo de los pantalones. Cuando llueve se revuelve el duende travieso que llevo dentro, donde quiera que se esconda -en los pies casi siempre, pegando pequeños saltos para darse cabezazos con el corazón- y se muere por pisar todos los charcos de la calle. Echar una carrera rápida hasta la esquina y derrapar saltando justo en medio del charco más grande, chapotear. El pobre duende travieso no tiene fuerzas, ni tamaño, ni peso, para luchar con el hada madrina. Sí, porque de algún lado aparece una especie de hada madrina -por no salirme del registro- que agarra fuerte al duende de las borlas del gorro y no le deja moverse, le obliga a pasar tranquilo delante de los charcos mientras no deja de comentar con palabras brillantes el frío que hace, la pulmonía que va a pillar el duende si salta en charcos mojados y lo mucho que cuesta limpiar esas manchas de barro sucio de la ropa.