Viaje a las islas inventadas

La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes… Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.


Esto pasaba con las islas inventadas de Tomás. También construía maquetas de cada isla. Todos los veranos preparaba una maleta pequeña y salía de viaje a una de sus islas inventadas. Es verdad que nunca dio con ninguna, pero tampoco se rindió, y todos los veranos entre caminata y caminata, se sentaba a escribir historias, historias que ocurrían en sus islas. Cuando le contaba su afición a otras personas, estas personas abrían mucho la boca -sorprendidas- o se daban media vuelta para marcharse deprisa. No le importaba demasiado, Tomás sabía que estaba adelantado a su época. Por la noche, al irse a dormir, viajaba a alguna de sus islas inventadas. La noche que llegó a su favorita era luna nueva, y hacía frío, era una de las islas más cuidadas, llegó después de una tormenta en alta mar, en su bote de pescador. Decidido a quedarse allí para siempre nunca volvió a despertar.

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