de Isabel Cañelles, Prólogo de Nada normal

No hay cosa en esta vida que más disfrute que toparme con una persona alérgica a los talleres literarios.
El otro día estuve con mi amigo Tomás en una fiesta de periodistas. Todo el mundo sabe que la mayoría de los periodistas escriben poemas y relatos a escondidas, al igual que la mayoría de los críticos, funcionarios, políticos, adolescentes, médicos, cooperantes, camareros, traductores… En realidad, creo que los únicos que no escriben a escondidas son los que lo hacen en público: a saber, los escritores profesionales y los integrantes de los talleres literarios.
De modo que en una conversación con alguien así yo conozco sus actividades secretas (y sus miedos y sus desvelos y sus fantasías de inmortalidad, las mismitas que las mías), pero él no sabe que yo lo sé.


Como soy de natural tímida y los periodistas me abruman por lo general con su vehemencia, en este tipo de fiestas me suelo esconder en un rincón junto a la barra a beber mis cervezas. En esta ocasión, se me acercó un chico de ojos muy abiertos metido en uno de esos trajes informales que se mueven al ritmo del cuerpo. Me ofreció un cigarro, que rechacé, y me preguntó:
-¿Te apetece bailar?
-No, gracias -contesté.
-Tú no eres periodista, ¿verdad? -sin esperar respuesta, continuó-. Se te nota en algo… no sé en qué. ¿Eres fotógrafa? ¿O quizá…?
-Soy filóloga -le interrumpí en sus especulaciones.
-Ah…
Eso de que una sea filóloga es de las pocas cosas que puede dejar sin tema de conversación a un periodista. Por poco rato, eso sí. En seguida reaccionó.
-Qué mal se escribe en los periódicos, ¿verdad? Es que no hay tiempo… La presión es muy fuerte.
-Claro, es comprensible; cuando se escribe deprisa… ya se sabe lo que pasa.
Juzgando que era una filóloga inofensiva, se instaló en un taburete junto a mí y se presentó:
-Me llamo Carles
-Yo, Isabel.
-¿Y en qué trabajan los filólogos, Isabel?
-Los demás no sé. Yo, en un taller literario.
Carles me miró con desconfianza y bebió un sorbo de su gin tonic.
-Ah, en uno de esos…
-Ajá -contesté yo, girándome distraídamente hacia el grupo que bailaba.
-Vosotros sois los que decís que a la gente se le puede enseñar a escribir, ¿verdad?
-Pues sí. A escribir se aprende, ¿no? Y todo lo que se aprende se puede enseñar.
Me volví hacia Carles, que se revolvió en el asiento.
-Yo creo que para escribir hay que tener talento. Y haber leído mucho -dijo.
Frunció los labios y me lanzó el humo a los ojos. Yo me pedí otra cerveza. Aquello se estaba poniendo divertido.
-Sí, claro, leyendo es como más se aprende, pero si además te enseñan los trucos que usan los escritores a los que lees, aprendes más rápido. En cuanto al talento… más vale que se lo eduque, ¿no crees? -repliqué.
-Tonterías. Al talento no se lo educa. O se tiene o no se tiene.
-¿Y cómo se entera uno de si lo tiene o no?
-Eso se ve en los resultados.
-Pero los resultados siempre pueden ser mejorables. El primer cuadro de un pintor talentoso no es igual que el último, ¿no?
-Bueno, sí, claro.
-Porque entretanto el pintor va enfocando su visión de la realidad, y aprende a manejar la perspectiva, los colores, los trazos… Y buena parte de eso te lo pueden enseñar en la Facultad de Bellas Artes.
-Pero escribir no es lo mismo que pintar.
-No, no es lo mismo, pero las dos artes tienen unas herramientas que se puede aprender a manejar. Eso sí, en vez de pinceles, un lienzo, colores y perspectivas, para escribir necesitas un bolígrafo, un papel, palabras y narradores.
-Pero es que las palabras tienen vida propia. Son ellas las que dirigen al escritor y no al revés.
Me eché a reír.
-Sí, hombre, por arte de magia… -dije-. Si fuera así, la creación literaria sería un trabajo tan mecánico como apretar tornillos. Y no tendría mucho mérito ser escritor, ¿no?
Carles frunció el ceño, sacó otro cigarro y se lo encendió. Se le veía nervioso, balanceándose sobre el taburete de un lado a otro. Intenté tranquilizarlo:
-Pero vamos, tampoco creo que sea imprescindible ir a un taller literario para aprender a escribir. Simplemente es una ayuda.
-A mí es que me han dicho que en los talleres literarios acaban escribiendo todos igual, fabricando en serie relatos estilo Carver.
Ahí fui yo la que me callé y bebí tres sorbos largos de cerveza. No podía dejar de reconocer que Raymond Carver tenía su influencia en los talleres. Pero entonces me acordé de los haikus. También estaban los relatos eróticos. Me puse a contar con los dedos. Y la metáfora de situación. Y los cuentos de miedo, las greguerías…
-…las caricaturas, los autorretratos, las cartas de amor, las historias cruzadas. Y el relato fantástico. El humor negro, las historias de detectives, los microcuentos, la ciencia-ficción… ¿Y qué me dices de aquel alumno que se presentó a un concurso con los relatos escritos en el taller a lo largo de un año, y lo premiaron justo por la heterogeneidad de la selección? Vamos, que no les ponemos la navaja en el cuello para que escriban como Carver, precisamente.
Carles fumaba sin parar, encaramado como un mono en el taburete. Perforó con el índice la cortina de humo que nos separaba y me dijo, señalándome:
-¿Pero ha salido algún famoso de tu taller? Porque ahí es donde se ve si sirve para algo…
Me quedé callada un rato, mientras el camarero me ponía otra cerveza. Carles me miró triunfante.
-Por desgracia, hacerse famoso no es sólo cuestión de escribir bien -le dije-. Es más, en este país la fama y la calidad no suelen ir del brazo. De todas formas, hay unos cuantos alumnos y ex alumnos que ganan concursos y publican asiduamente. Y no dudes que en unos cuantos años se empezarán a leer en los periódicos nombres de escritores que han pasado por talleres literarios. Danos un poco de tiempo -pegué un sorbo a la cerveza y sonreí-. Y contactos.
Habían subido la música, y me estaba quedando afónica con la charla. Tragué saliva. La pista de baile se había llenado, y la mayoría de los periodistas se movían al ritmo de La Vieja Trova, incluido mi amigo Tomás. Se lo indiqué a Carles con la barbilla. …l miró con desgana a sus compañeros y me dijo:
-Espera un momento. Sólo una pregunta más. ¿Cómo funciona eso de los talleres? ¿Los alumnos te entregan los cuentos para que se los corrijas?
-No. Se leen en clase en voz alta y se comentan entre todos.
Carles puso cara de susto.
-¿Me estás diciendo que un montón de gente se pone a criticar tu cuento? ¿Así, sin anestesia?
-Sin anestesia.
-Pero es gente que no tiene ningún conocimiento…
-El mismo que aquellos que se leerían tu novela después de comprarla en una librería. O que la dejarían a medias, claro.
-Yo es que en realidad no escribo para que me lean…
Nada más decir esto, Carles puso cara de susto, y yo de sorpresa.
-Ah, pero ¿tú escribes? -pregunté con inocencia.
-Bueno, tengo algunas cosillas por ahí, en algún cajón. Pero vamos, lo hago para divertirme.
-¿Y no quieres que te lean?
-Hombre, se lo he enseñado a algún amigo… Y yo creo que algunos relatos están bastante bien… Hay uno de una pirómana que liga con un bombero…
-La idea no está mal. Aunque todo depende de…
-¿Tú crees? ¿De verdad te gusta la idea? Se me ocurrió un día, mientras veía cómo intentaban apagar un incendio cerca de mi pueblo. De pronto me dije: í¿Qué pasaría si…?î
-Anda, mira, esa es una propuesta del taller. Hipótesis fantástica, se llama. La inventó Gianni Rodari, pero tú la has reinventado.
Me bajé del taburete y estiré las piernas. Carles sonreía entusiasmado.
-Bueno, yo me voy a bailar -dije.
Carles me cogió del brazo.
-Espera. Una última cosa. Igual no te importaría echarle un vistazo a alguno de mis relatos. Simplemente para decirme si enganchan. Vamos, si no es mucha molestia…
Lo miré divertida y le contesté:
-Sí, claro, cómo no. Pero vámonos a bailar de una vez. Ahora la literatura está ahí, divirtiéndose -señalé la pista de baile-. ¿La ves?

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