Lluvia en invierno

Ayer llovió en Madrid. El señor Gómez cuando llueve se enfada un poco, no le gustan los atascos de lluvia, no le gustan los charcos (ni pisarlos, ni verlos, ni que los coches pasen rápidos por ellos), no le gusta que sus zapatos y los bajos de los pantalones se encharquen. Cuando era niño al señor Gómez sí que le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos con sus botas de agua azul marino (con dibujos de coches y sirenas). Ahora el señor Gómez cuando llueve se enfada y camina con paraguas, mirando con atención el suelo para no pisar otro charco más. El señor Gómez no tiene jardín. A los jardines les gusta que llueva, y a los tomates, y a los embalses vacíos. El señor Tomás no se acuerda de los embalses ni de las restricciones de agua. Sus hijos tampoco, pero se alegran y les gusta pisar charcos. Cada uno lo celebra a su manera. A nosotros nos gusta encerrarnos en un coche blanco en cualquier calle de Malasaña y hacer dibujos en los cristales, escuchando las gotas cayendo en el capó.

Pies descalzos

Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.

Un oasis en Valverde

Un perro Alaska tumbado en un suelo de parqué con calefacción. Plantas por las paredes, por el techo. Un espejo al fondo, que duplica al perro y al parqué. Un sillón de peluquero. En el escaparate más plantas, piedras de río, caracolas, y flotando, peces voladores a varias alturas. El perro abre los ojos cuando pasas, sin levantarse.

Viaje a las islas inventadas

La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes… Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.

de Chogyam Trungpa Rinpoche, El camino es la meta

Estamos totalmente confundidos y lo sabemos; de hecho, estamos tan confundidos que a veces ni siquiera nos damos cuenta. Sea como sea, estamos confundidos. Y si intentamos culpar a alguien de nuestra confusión, sólo conseguiremos perpetuarla, porque ese intento nos aleja de la práctica; impide que el aprendizaje de la meditación se convierta en una verdadera disciplina y nos distancia de él. Dicho en dos palabras: nadie nos ha jodido la existencia. Es verdad. Lo único que a uno le jode la existencia es sentir que alguien le ha hecho una mala jugada, o incluso que uno mismo se la ha hecho. Y a propósito, quisiera agregar que uno no existe. El yo ni siquiera existe. No existe en absoluto. De modo que nadie se la está jugando a uno, porque uno ni siquiera existe. El yo no es más que un mito, una verdad mítica. Entendiendo esa verdad mítica, podemos practicar la meditación, podemos sentarnos en el nivel del mito de la libertad. Tal vez la estrella de Belén sea un mito, pero aunque así sea, ya la hemos visto, hemos tenido una experiencia.