de Félix J. Palma, El hombre tras la cortina

Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.
Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.


Dado que yo tampoco había notado nunca esos cosquilieos en la nuca que atosigan a los demás cuando franquean ciertas puertas, sentí hacia aquella muchacha delgaducha a la que cortejaba sin excesivo empeño una brusca andanada de cariño, lo suficientemente poderosa como para enhebrar nuestras pobres vidas de criaturas inmunes a las reminiscencias. Un beso más profundo de lo habitual selló entonces la confesión, y a medida que deshojábamos calendarios, comprendimos que ninguno quería ya buscarse otra cosa, que a ambos nos bastaba aquella bonanza tan parecida al aburrimiento, por lo que, ante un altar emperejilado de nardos y sitiados por una turba de familiares surgidos de los más remotos escondrijos, decidimos dar carpetazo a la oscura época del pasado, en la que habíamos mantenido con el amor la misma relación que los niños con los enchufes. Y era ahora, con las espaldas combadas por siete años de rutina conyugal que arrojaban el saldo de una niña en plena crianza y una abuela camino del desguace, cuando la vieja llama volvía a avivarse, sin que ninguno lo desease a estas alturas. Y la causa no era otra que la búsqueda de un nuevo techo bajo el que guarecernos, pues, al apartar los ojos del bamboleo de caderas de la chica de la inmobiliaria y reparar en el amplio apartamento que nos estaba mostrando, sentí un cosquilleo en la nuca que me hizo volverme hacia Marta. En sus ojos pude leer que ella también tenía la impresión de haber estado allí antes.
Era la casa de nuestros sueños, no había duda. Poseía un salón inmenso, dormitorios luminosos y dos baños, lo que evitaría que la vida familiar quedara suspendida en un doloroso impasse cada vez que la abuela decidiera atrincherarse en uno de ellos. Lo único que la diferenciaba de nuestra soñada madriguera era la presencia del hombre de la cortina.
-¿Quién es? -quiso saber Marta.
La chica de la inmobiliaria se encogió de hombros. No era mucho lo que podía contarnos. Ignoraba tanto su nombre como los motivos por los que estaba allí, escondido o aguardando no se sabía qué. Lo único que podía decirnos era que el hombre de la cortina iba con la casa, que, como quien dice, formaba parte del mobiliario. Si finalmente nos animábamos a alquilarla, él vendría incluido en el precio; y si alguna vez decidíamos dejarla, también debíamos entregarla con él dentro. Así había sido desde siempre, según el acuerdo al que su primera dueña había llegado con la inmobiliaria. Tras advertirnos de aquellas condiciones tan especiales, la muchacha nos dejó solos para que Marta y yo deliberásemos en privado. De todos los que habíamos visto, aquel apartamento era el que mejor se ajustaba a nuestros deseos. Sin embargo, a pesar de que nos habíamos mudado varias veces durante nuestro matrimonio, nunca habíamos vivido con una presencia desconocida tras la cortina del salón. ¿Podríamos acostumbrarnos? La encargada nos había dicho que, según le habían comentado los anteriores inquilinos, eso no suponía demasiada diferencia, ya que el hombre de la cortina era de talante reservado, y en cosa de días uno acababa por olvidarse de que estaba allí.
Marta pareció estudiar con interés la punta de los zapatos que asomaban bajo el dobladillo de la cortina. Por la mirada que me dedicó, entendí que a mi mujer la presencia del intruso no parecía resultarle un inconveniente para adquirir la casa, así que expresé mi conformidad inclinando mansamente la testuz. Después de todo, suponía un alivio constatar que la casa no estaba embrujada, como habíamos temido a juzgar por los comentarios que circulaban por el barrio.
Nos trasladamos inmediatamente. Salvo la reconversión de uno de los dormitorios sobrantes en un despacho para Marta y el desplazamiento de algún mueble, apenas realizamos cambios en la casa. Nuestra vida familiar, sin embargo, tardó un tiempo en discurrir con naturalidad. Nunca supe si el hombre de la cortina recibió nuestra llegada como una invasión de sus dominios o como una distracción a su soledad. Lo cierto es que no percibimos ningún cambio en su comportamiento, pues, tal y como nos había advertido la muchacha de la inmobiliaria, permaneció abismado en su mutismo, en apariencia indiferente al vendaval doméstico que ahora lo cercaba. Solía responder con tímidos movimientos de cabeza a las preguntas de mi hija Eva, la única que se esforzó en trabar amistad con aquel extraño polizón de nuestra rutina, y sólo aquellos que atravesaban de madrugada el salón en busca de un vaso de agua, tenían el privilegio de oír algún sonido surgiendo de la cortina, casi siempre una palabra ininteligible confundida en la sinuosa respiración del sueño. Pero era precisamente aquella actitud circunspecta, el no tener la menor sospecha de lo que opinaba sobre nuestro proceder, lo que nos incomodaba, forzándonos durante un tiempo, por ejemplo, a huir de los improperios y las conversaciones intranscendentes, y a revestir todos nuestros actos de una solemnidad grotesca y una ética inverosímil. Por fortuna, pronto dejamos de sentirnos cohibidos por su vigilancia, y nuestras actitudes recobraron su sencillez perdida, su primorosa vulgaridad. Hasta dejó de molestarme que Marta se paseara por el salón envuelta en la toalla de la ducha, la animé a ello incluso, queriendo transmitirle a nuestro espía con aquel alarde de tolerancia que lo consideraba un eunuco en todos los sentidos, una criatura ante cuya presencia vegetativa uno podía abandonarse libremente a sus peores vicios o cometer rebuscados homicidios con la seguridad de encontrarse en la más absoluta intimidad. Para mí no era nadie, apenas nada, como mucho un animalito sin conciencia al que a veces permitía que Eva acercara una escudilla de leche o mi maquinilla de afeitar.
Los días, sin embargo, fueron sucediéndose, transformándose en años sin que el misterio de su presencia allí dejara de intrigarnos. Cada miembro de la familia sacó sus propias conclusiones sobre el hombre de la cortina. La abuela, que rara vez nos consideraba lo suficientemente dignos como para hacernos partícipes de sus largas meditaciones, nos sobrecogió durante una cena advirtiéndonos con un deje tétrico que tras las cortinas se ocultaba nada menos que la Muerte. Supuse que sus especulaciones estaban motivadas por los repetidos expolios y recosidos quirúrgicos a los que se había visto sometida en la última década, inútiles apaños que la llevaban a imaginar que muy pronto una figura con guadaña surgiría de la cortina, le posaría sobre el hombro el gorrión sarmentoso de su mano, y le ordenaría: ´Venga, Dolores, despídete de esta panda de desgraciados, que lo tuyo ya no tiene remedioª. Y ella se levantaría dócilmente y se dejaría conducir tras la cortina sin un gesto de despedida, quizá el garabato de una caricia rápida en la cabeza de su nieta, pero ni una palabra de agradecimiento para su hija y menos aún para el infeliz de su marido, que no hacía más que mentar el asilo cada vez que, en mitad de la comida, ella cedía gozosa al empuje mortificante de los intestinos. Mi hija Eva, por su parte, inmersa en el cataclismo hormonal de la adolescencia, pronto dejó de considerar al hombre de la cortina como una mascota exótica a la que había que alimentar y empezó a contemplarlo con otros ojos, a estudiar entre la curiosidad y la ilusión aquel porte de homínido que tan vagamente perfilaba la colgadura. Creció Eva absorta en la cortina, soñando con un estampado mientras sus amigas fantaseaban con los actores de moda, tanto la una como las otras irremediablemente abocadas a la pedestre realidad de los pupitres vecinos. Un par de citas fallidas con compañeros de clase me bastaron para comprender que Eva nunca lograría ser feliz con ningún hombre, que algo en su interior la movería invariablemente a desbaratar sus relaciones al menor síntoma de continuidad, que ningún varón, por muy perfecto que fuese, podría rivalizar jamás con el individuo que se escondía tras la cortina, esa silueta anónima sobre la que ella había volcado todas sus fantasías. Y de todos era la actitud de Marta la más parecida a la mía. A mi mujer el hombre de la cortina no parecía provocarle la menor reflexión, se limitaba a aceptar su presencia allí con la misma sonrisa postiza con la que se reciben esos espantosos regalos de boda que uno sabe inevitables.
Pero conjeturar sobre las intenciones del hombre de la cortina no era monopolio exclusivo de la familia. También Soriano, mi compañero de oficina, se permitía opinar al respecto durante el café, aunque, debido a su talante prosaico, sus consideraciones nunca se aventuraban en el terreno filosófico, sino que se centraban en el ámbito sexual, el único que parecía interesarle. ¿Acaso dos y dos no sumaban cuatro? ¿Acaso Marta no trabajaba en casa, enfrascada en su despacho mientras un desconocido la acechaba desde el salón? ¿Cuántas horas podía traducirse a Milton sin sentir fatiga, sin hacer un alto para tomarse un vaso de agua, darse una ducha o, por qué no, fornicar rabiosamente con el hombre de la cortina? ¿Cómo era posible que nunca me hubiese detenido a considerar lo obvio, que durante mis ocupaciones aquel desconocido podía reinar impunemente en mis dominios, adueñarse de mis posesiones, convertir mi dulce hogar en una vergel de lujuria? En un principio, las cabalas de Soriano, un pobre tipo que continuamente debía ausentarse del trabajo para realizar los absurdos recados que le encargaba su mujer, no me preocuparon lo más mínimo. No porque tuviese en Marta una confianza ciega, sino porque era incapaz de imaginarme al hombre de la cortina rompiendo su parálisis de años y emergiendo de su escondite con los mismos andares malévolos con que los guerreros griegos habían abandonado el vientre del caballo de Troya.
Además, estaba la abuela, como un censor babeante cuya mera presencia arruinaba la libido del más pintado. Fue al tener que hospitalizarla por enésima vez cuando la semilla que Soriano se había empeñado en plantar en mi mente sufrió un amago de arraigo, debido a la respuesta que me dedicó mi mujer al preguntarle por el tiempo que su madre estaría en la clínica. ´Espero que para siempreª, musitó con una blanda mueca de sueño que no costaba interpretar como una sonrisa de secreta satisfacción. Bajo el influjo de Soriano, aquel comentario podía expresar tanto el deseo de Marta por liberar a la familia de su engorrosa carga como la certidumbre de que con ello quedaba abierta la veda al libertinaje clandestino.
Una noche, harto de lidiar con el insomnio por culpa de las sospechas infundadas, abandoné la cama y me encaminé al salón decidido a dirigirle la palabra por primera vez al hombre de la cortina. El dormía plácidamente, incluso roncaba con cierto virtuosismo, emitiendo ese ronroneo metódico de los electrodomésticos. Coloqué una silla frente a él y le pregunté sin más preámbulos si tenía una aventura con mi mujer. Tardó un tiempo en despertar y comprender que el patrón de aquella familia que tan impunemente parasitaba le estaba hablando. Le oí aclararse ruidosamente la garganta, y al poco brotó de la cortina una vocecilla afable y sinuosa que, tras dedicarme un saludo excesivamente protocolario, me informó de que él ni siquiera había reparado en mi esposa, pese a estar seguro de que poseía un atractivo acorde con el mío. Luego, como si se creyese responsable del silencio que se instaló en el salón, hizo un tímido amago de romperlo extendiéndose algo más en el tema, y al comprobar que yo no hacía el menor gesto de acallarlo, continuó con un parlamento que enseguida cobró aires de confidencia. Me explicó que a él ya no le cabía más amor en el corazón. Sólo tenía ojos para una mujer, la misma cuyo regreso aguardaba detrás de la cortina. Se había enamorado de Virtudes nada más verla, hacía de aquello más de setenta años, y fue un amor correspondido, pero la vida les había hecho conocerse tres años tarde, los mismos que ella llevaba casada con un hombre por el que no sentía más que un sereno afecto, un pálido remedo de la pasión que le quemaba las entrañas cuando lo tenía a él delante. En esa época no resultaba elegante barajar de nuevo las cartas de la vida, así que sólo pudieron aplacar la fiebre que les desbordaba las venas abandonándose a la mecánica oscura de las citas furtivas, lo que les hacía sentirse despreciables. En una de ellas, las llaves del marido hurgaron la cerradura antes de lo previsto, y su enamorada le obligó a esconderse tras la cortina. Y desde allí asistió él al reencuentro, y al lento desgranar de las horas siguientes, que pronto fueron días y luego meses, anhelando el momento en que ella enfrentase al fin sus sentimientos y se decidiese a descorrer la colgadura para terminar el beso inconcluso que le había quedado en los labios como una migaja de pan. Pero ese momento nunca llegó. Con los ojos enturbiados del llanto, él la observaba reflexionar en el sofá mientras amarilleaban las copas de los árboles, deambular por la casa con aires de atormentada arrullado por el calor beatífico de la estufa, pero las noches que su rival alargaba el brazo movido por la efervescencia de la primavera, los gemidos de su amada le advertían que ella había sido educada en las biografías virtuosas, y eso significaba renegar de todo desafuero y aceptar que la vida poseía un orden inalterable, similar a los turnos de la carnicería. Aún así, él no se rindió y permaneció tras la cortina, confiado en que si no ella, al menos la vida, con sus fraudes y molinetes, se encargaría de descorrer el telón que los separaba. Y a punto estuvo de suceder cuando el marido de Virtudes desapareció. Ella volvió de un paseo con las amigas, y no lo encontró en casa. Lo aguardó despierta, pero esa noche no regresó, tampoco las siguientes, y Virtudes comprendió que su marido había reparado al fin en el hombre de la cortina y no había podido continuar con lo que suponía no era más que una farsa. Fue entonces cuando el hombre de la cortina creyó que ya no existían motivos para que ella no descorriera la colgadura y pudiesen al fin ser felices. Pero, segura de que ninguna felicidad podía construirse sobre el sufrimiento ajeno, ella había decidido mudarse y alquilar la casa en tanto encontrara las fuerzas o la dignidad necesarias para tomar el amor que la aguardaba tras la cortina.
No obstante, mi anónimo interlocutor todavía consideraba que conocer a Virtudes había sido lo mejor que le había sucedido nunca, a pesar de haberlo condenado a aquel existir hierático en el que sólo el tañido puntual de su corazón le recordaba que no había muerto. No hay mal que por bien no venga, y él había sabido encontrar los pequeños deleites de aquella marginación voluntaria. Con el tiempo, la cortina había rebasado su condición de escondrijo para convertirse en observatorio privilegiado tanto de los cambios del mundo que le glosaba el televisor como de las alegrías y desdichas de aquella familia tan singular que, apenas intuida la Navidad, escondía los regalos de reyes tras la cortina, como para que él los custodiara. Y a fuerza de observar sin intervenir como un dios desabrido había comprendido que la vida no pasaba de ser una charada de mal gusto, un acertijo que debía resolverse mediante decisiones que siempre acarreaban una pérdida, y que por ello mismo debía solazarse, pues su condición de tótem le privaba de ciertos placeres, pero al mismo tiempo le ahorraba remordimientos y frustraciones.
Su discurso, sin embargo, no disipó mis sospechas. Bastaba con observar atentamente el comportamiento de Marta para detectar al menos una docena de indicios que hablaban de una traición alegre y sostenida. La despreocupación con que paseaba su desnudez, por ejemplo, más que desprecio por la virilidad de nuestro intruso empezaba a antojárseme el corolario de una confianza de amantes. Y, a pesar de que el tipo me había parecido sincero, no era improbable que Marta, pese a la escasa imaginación que mostraba al encamarse conmigo, conociese las argucias necesarias para que la pasividad del hombre de la cortina no supusiera ningún problema, que jugase, incluso, a su favor. Sea como fuere, lo cierto es que mi incombustible desconfianza acabó por vencer el frágil andamiaje que sostenía nuestro matrimonio, y ambos renunciamos a cualquier acción salvadora, entregándonos con regocijo a la lenta raedura de la polilla.
Tuve entonces la sensación de que mi vida entera era un plagio, pues no sólo empezaron a resultarme familiares los lugares en los que nunca había estado, sino que, sumido en una especie de insensibilidad hacia las cosas, cualquier suceso que me traían los días se me antojaba predecible, repetido, idiota. En ese letargo dejé pasar los años, que fueron resolviendo con una exasperante lentitud a la que sólo faltaba un redoble de tambores la ecuación de mi existencia y la de los míos.
El discurrir del tiempo también reveló que ninguno de los miembros de la familia habíamos acertado en nuestros cálculos sobre el hombre de la cortina. Tras un historial de novios que, dicho de corrido, podía confundirse con la alineación de un equipo de fútbol, Eva comprendió al fin que los príncipes azules no existen más que tras las cortinas, y que lo más parecido a ello era libar de cada hombre su momento de inocencia, esos breves instantes de candor donde el monstruo jugaba con la niña sin saber que podía ahogarla en el lago con sus propias manos.
Emigró al extranjero, a alguna campiña de nombre impronunciable, no sé si porque agotó la pureza de todos los varones de la patria, y desde allí me escribía largas cartas de solterona con gatos para que yo leyese entre líneas que era desdichadamente feliz. La abuela, por su parte, murió en el hospital, sin la intervención del hombre de la cortina, apagándose con esforzada dignidad durante mi turno de visitas, imagino que algo enojada por tener que interpretar el ceremonial de su defunción ante el espectador más desapasionado de su parentela. Y fue al comunicarle la noticia a Marta cuando, al encontrarla a horcajadas sobre Soriano, comprendí que también yo me había equivocado, pues el hombre de la cortina tampoco era el amante de mi mujer.
Tras aquella tarde. Marta y yo no tuvimos más que discutir, salvo el plazo que nos íbamos a conceder para buscar cada uno otro techo por su cuenta antes de alquilar la casa que compartíamos. Ella no tardó en mudarse a un ático del centro, adonde Soriano, tras dedicarme un encogimiento de hombros, se dirigía cada mañana a resolver los recados de su mujer; pero yo decidí permanecer en la casa hasta que la inmobiliaria comenzara a enseñarla, con las maletas preparadas junto a la cortina, mostrando una ansiedad viajera que yo no podía compartir, pues ningún destino me parecía lo suficientemente lejano como para poder huir de mí mismo. La mañana en que me avisaron que esa tarde vendrían los primeros clientes, me serví una copa, coloqué una silla ante el hombre de la cortina y le leí la última carta que había recibido de Eva. En ella hablaba, por supuesto, de él, que era el tema en el que irremediablemente desembocaban también todas las anteriores. Pero en ésta no especulaba sobre su físico ni sobre su significado en nuestras vidas, como le gustaba hacer en complejas cabalas filosóficas, sino que me informaba de que, tras múltiples pesquisas, había dado con el paradero de Virtudes, la propietaria de la casa. Vivía sola, alejada del runrún del mundo en un caserón que Eva describía con tintes góticos, hasta el que se había desplazado para entrevistarse con una mujer imposiblemente joven, una hermosa muchacha de apenas veinte años que se peinaba y vestía como las heroínas del cine mudo. Eva tuvo que usar toda su capacidad de persuasión para que ella se descerrajara al fin el alma y, al cuarto té bajo el emparrado decadente, le contara que era el hecho de no descorrer la cortina, de no entregarse al amor que el azar había dispuesto para ellos, lo que la retenía en aquella juventud insólita, como si la migaja de mundo en que ellos vivían se hubiese desgajado del resto, de la porción en que habitábamos los demás, que continuaba su travesía hacia las tinieblas donde ya se había extraviado la abuela. Así, lo que al principio había sido un aplazamiento había acabado mudando en una suerte de inmortalidad que aún no sabía muy bien para qué servía, pero que los unía como ninguna otra cosa podría hacerlo, convirtiéndoles en proscritos del tiempo, eximiéndoles del minucioso desgaste al que estábamos abocados los demás.
Guardé la carta y contemplé al hombre de la cortina, que ejecutó un vago movimiento de cabeza que tal vez quería parecer evocador. Eva había confeccionado una hermosa historia que no sólo se inspiraba en lo que él me había contado la única vez que conversamos, sino que, además, justificaba bellamente la vigorosa fisionomía que esbozaba la colgadura, tan ajena a los temblores y combaduras propias de la vejez. Me gustó replicarle con una invención similar a la suya, una manera elegante de decirle que toleraba sus mentiras, más hermosas que lógicas, porque, después de todo, los motivos por los que estaba allí eran cosa suya.
Me pareció que ninguna despedida podía ser mejor que la lectura de aquella carta, así que me levanté dispuesto a coger mis maletas y marcharme. Pero entonces di un paso hacia delante, tomé la cortina y la descorrí con un gesto sobrio, exento de ceremonia, preguntándome por qué nunca lo había hecho antes y por qué lo hacía ahora. La abuela no lo había intentado por miedo, Eva porque intuía que lo único que la protegía de la decepción era precisamente su misterio, y Marta porque quizá no hubiese podido enfrentar la mirada del único testigo de sus fechorías. Pero yo no tenía ninguna razón para no hacerlo. Aunque no fue la curiosidad lo que me movió a ello, sino la esperanza de que el secreto que escondía la cortina supusiera de alguna manera una excusa para no tener que enfrentar mi destino, un motivo que me dispensara de la fastidiosa obligación de comenzar una nueva vida con el alma tan cansada. El hombre de la cortina era un individuo corriente que debía rondar los cuarenta, escurrido de hombros, de fisonomía puntiaguda y semblante de ujier. No sé a quién esperaba descubrir tras la cortina, pero me decepcionó encontrarme a un espécimen del montón, sin rasgo alguno que lo hiciese merecedor de esconderse en mi salón, aunque no se me ocurriese qué tipo de rasgo podía ser ése. El me observó con desgana, como si reprobase mi acto pero al mismo tiempo lo anhelase, o como si no pudiese condenarlo porque él mismo lo había cometido en el pasado. Estuvimos un rato contemplándonos sin saber qué decirnos hasta que, tras pasear una mirada nostálgica por la habitación y ofrecerme una mueca nerviosa a modo de despedida, el intruso se dirigió hacia la puerta con andares algo envarados y abandonó la casa.
Quedé sólo por primera vez en aquel lugar, de pie junto a la cortina descorrida.
Observé el extraño hueco que la ausencia del hombre había dejado en el salón, y no pude resistirme a ocupar su sitio para hacerme una idea de cómo había visto él nuestra vida. Sentí un enorme alivio al notar la pared a mi espalda y los talones contra el rodapiés, y corrí la cortina con la única intención de reproducir fielmente todos los detalles, pero al hacerlo supe de pronto que de esa misma forma había desaparecido el marido de Virtudes, y comprendí que éste habría sido sustituido a su vez por el siguiente inquilino, iniciándose así una cadena de desapariciones que continuaba ahora con la mía y amenazaba con perpetuarse por los siglos de los siglos. El hombre de la cortina, por fin lo supe, éramos todos y ninguno, hombres que no habíamos encontrado mejor forma de huir de nosotros mismos que convertirnos en un solo hombre, encerrados en el ámbar de una espera eterna y gozosa que nos protegía de las inclemencias del vivir, un hombre enamorado que aguardaba con el corazón encendido a que una mujer que ya sólo era un recuerdo descorriese la cortina.

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