de Jean-Pierre Jeunet, Amelie

El padre de Amelie, ex médico militar, trabaja en un balneario termal de Enghien-les-Bains (labios apretados indican dureza de corazón). A RaphaÎl Poulain le disgusta: orinar cerca de alguien; atraer miradas de desdén hacia sus sandalias; y salir del agua y sentir que se le pega el bañador. A RaphaÎl Poulain le gusta: arrancar a trozos el papel pintado; poner en fila todos sus zapatos y lustrarlos con esmero; vaciar su caja de herramientas, limpiarla bien y volver a ponerlo todo en su sitio.
La madre de Amelie, Amandine Fuet, institutriz nacido en Gueugnon, es de naturaleza inestable y nerviosa (tic facial indica agitación neurótica). A Amandine Poulain le disgusta que el agua caliente le arrugue las yemas de los dedos; que alguien que no le guste le roce la mano; y tener marcas de almohada en las mejillas al despertar. A Amandine Poulain le gusta: la ropa de los patinadores artísticos; dejar el parqué como una patena; vaciar el bolso, limpiarlo bien y ordenarlo todo de nuevo.


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Ella es Suzanne, la dueña. Suele beber, pero nunca ha derramado un vaso. Siendo joven fue bailarina ecuestre. Le gustan los deportistas que lloran por un fracaso, y le disgusta ver en su cafetería a un hombre que es humillado ante su hijo. En el estanco trabaja Georgette, la pobre es hipocondríaca, cuando no tiene migrañas le molesta la ciática. Le disgusta oír la frase: “Que dios bendiga el fruto de tu vientre”.
Esta es Gina, la compañera de Amelie. Su abuela era curandera. Lo que le gusta es hacer crujir los huesos. La vemos sirviendo un batido de frambuesa a Hipólito, un escritor fracaso. A él lo que más le gusta es ver cornear a un torero por la tele. El tipo que les mira con el ceño fruncido es Joseph, un amante celoso rechazado por Gina. Espía para comprobar que si alguien le sustituye; le gusta reventar las burbujas del plástico de embalaje. Y por último Philómene, la azafata. Amelie cuida a Rodri, su gato cuando está de viaje. A Philómene le gusta el ruido que hace el cuenco de su gato. A Rodri le encanta estar presente cuando cuentan cuentos a los niños.
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A veces los viernes Amelie va al cine. “Me gusta mirar hacia atrás y ver la cara de los espectadores. También me gusta descubrir los detalles que nadie más ve. En cambio odio las viejas películas cuando el que conduce nunca mira la carretera.” Amelie no tenía ningún hombre en su vida. Lo había intentado, pero los resultados nunca habían estado a la altura de sus expectativas. En cambio cultiva el gusto por los pequeños placeres: hundir la mano en un saco de legumbres, partir el caramelo quemado de la crema catalana con la cucharilla, y hacer rebotar las piedras en el canal Sant Martin.

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