El hombre que solo escuchaba música clásica

El hombre que solo escuchaba música clásica tenía un nombre corto, pero llevaba tantas consonantes que nadie en el edificio era capaz de pronunciarlo. Le conocían por ese mote, y todos pensaban que era un tipo extraño, loco del todo. Tocaba el piano, sí, y el violín, también la tuba. No solía hablar mucho, y cuando lo hacía solamente podía pronunciar notas musicales. Era incapaz de pronunciar otra cosa. No se molestaba en decir nada que no incluyera alguna de las siete notas; aunque de vez en cuando -en ocasiones especiales- le salían palabras del tipo stacatto, crescendo o arpegio. Cuando era niño alguna vez soñó con ser director de orquesta, pero su incapacidad de comunicación verbal no le dejaron aprender todo lo que hacía falta. De las ventanas de su apartamento salían sinfonías y cantatas de todo volumen. Cambiaba de gustos según la estación del año, no podía sobrevivir un otoño sin los nocturnos de Chopin y esas piezas sencillas para piano de Shumman.

Con un puñado de arroz

Un cuenco de agua para beber, otro para lavarse. Flores pequeñas, como de azúcar, amarillas y rosas, plantadas en arroz. Palitos de incienso, cinco, sujetos también en granos de arroz. Una vela, encendida. Un cuenco con agua perfumada. Una pera, amarilla, en otro cuenco. Un último cuenco con la música de una caracola. Las bendiciones de todos los maestros.

de Pablo Neruda, Autorretrato

Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdómen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas,mareas, maremotos, administrador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, mal educado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador en mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegadoen la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.

Un nogal

Solían decir que nuestro árbol del parque, un nogal de tronco arrugado, muy viejo, tenía el tronco tan inclinado -tan cerca del suelo- porque le gustaban los niños -decían-, adoraba que se le subieran encima para hacer equilibrios en su tronco. Nuestro nogal tenía la inclinación perfecta para que un niño de medio metro de alto pudiera subir saltando apenas un poco. Pasamos muchos veranos en ese tronco, entre las ramas más altas, era entre galeón hundido y barco pirata, a veces solamente casa del árbol, e incluso llegó a ser una guarida de la selva. Los últimos veranos la pandilla se hizo más nocturna, pero no dejábamos de citarnos allí, no había necesidad de quedar con nadie, después de cenar todos nos veíamos en el nogal. El verano pasado no pude venir. Este verano el nogal ya no está, ahora hay una explanada muy grande justo donde crecía. Van a construir una urbanización -dice el cartel- con muchas viviendas unifamiliares y zonas ajardinadas. Zonas ajardinadas, eso dice.

Sueños de mar

Cuando decidió hacerse pescador, se mudó desde las montañas al pueblo de su abuelo, un pueblo con costa, con puerto y tradición de pesca. Su abuelo había sido marinero, y su padre -para alejar a sus nietos del mar y sus tentaciones- se había marchado a las montañas. Su hijo, el pequeño, decidió hacerse pescador cuando vio el mar por primera vez. Lo vio aparecer, azul en el horizonte, después de un viaje largo en coche. Apareció justo delante, de la nada, primero una rayita y luego toda una extensión azul, y desde ese día guardó el mar en sus pupilas -tendría unos nueves años- y no quiso otra cosa que crecer y vivir en la costa. Hoy, todas las noches, acostumbra soñar con su casa de niño en las montañas, para no perder la sorpresa de ver el mar todos los días por primera vez.