Telarañas

Cuando volví al pueblo lo primero que hice fue acercarme al parque infantil. Era un invierno frío con niebla y encontré la rueda del columpio cubierta de telarañas. Había pasado mucho tiempo, y parecía que ningún niño se había montado en la rueda en años. Las barras estaban oxidadas, con la pintura sucia, descascarada, y todo el agujero de la rueda estaba cubierto de telarañas. Tan densas eran que daba un poco de miedo quitarlas. Y respeto, también, por las horas que podía haberse pasado la araña tejiendo eso. Tantas horas como mi abuela, que contaba los minutos tejiendo delante de la ventana, con las cortinas siempre echadas, los pies metidos en la mesa camilla, y los ovillos de lana oscura moviéndose, a pequeños tirones, por el suelo. La ventana de mi abuela tenía la mejor vista del parque infantil, cuando yo era niño y me pasaba horas allí, la abuela me vigilaba desde la ventana de casa, sin dejar de tejer. Hacía años también que la abuela no quería mirar por la ventana, decía que las cortinas pesaban demasiado, y que ya no podía descorrerlas.

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