Presentación de «Balas perdidas»

Después de dar muchas vueltas alrededor del título, y proponer una serie de nombres horrorosos, dimos con Balas perdidas. Jugamos con una lista que unía todos los títulos de nuestros relatos, jugamos a mezclarlos bien, y de alguien surgió el nombre de Balas perdidas. A mí es un título que me viene bien para decir muchas cosas. No sé si podría llamarme bala, pero sé que he estado perdida un buen tiempo, antes de permitirme escribir. Antes de encontrar los talleres. Ayer me comentaba Javi, que lo que nos une a todos en esta antología de relatos -no es que todos tengamos cuentos autobiográficos, como dije hace unos días en la radio, y es que es cierto en la mayoría de los cuentos- lo que nos une, es que hemos sido alumnos de talleres, y ahora somos profesores de taller.

de Ray Loriga, Héroes

Estaba sentado mirando la televisión con el volumen bajado, uno de esos dibujos animados japoneses en los que unos niños con los ojos inmensos tratan de destrozar a otros niños con los ojos inmensos. Todos parecían estar muy cabreados. No eran más que niños pero tenían unas pistolas cojonudas y unas ametralladoras del futuro con cañones tan grandes como la taza del váter. Estaba viendo los dibujos y escuchando un disco de Red Hot and Chili Pepers y eso era todo lo que quería hacer por el momento. Los japoneses de disparan con sus cañones y a algunos les arrancaba la cabeza y a otros no.

Telarañas

Cuando volví al pueblo lo primero que hice fue acercarme al parque infantil. Era un invierno frío con niebla y encontré la rueda del columpio cubierta de telarañas. Había pasado mucho tiempo, y parecía que ningún niño se había montado en la rueda en años. Las barras estaban oxidadas, con la pintura sucia, descascarada, y todo el agujero de la rueda estaba cubierto de telarañas. Tan densas eran que daba un poco de miedo quitarlas. Y respeto, también, por las horas que podía haberse pasado la araña tejiendo eso. Tantas horas como mi abuela, que contaba los minutos tejiendo delante de la ventana, con las cortinas siempre echadas, los pies metidos en la mesa camilla, y los ovillos de lana oscura moviéndose, a pequeños tirones, por el suelo. La ventana de mi abuela tenía la mejor vista del parque infantil, cuando yo era niño y me pasaba horas allí, la abuela me vigilaba desde la ventana de casa, sin dejar de tejer. Hacía años también que la abuela no quería mirar por la ventana, decía que las cortinas pesaban demasiado, y que ya no podía descorrerlas.

Arco iris

Vimos salir el arco iris desde la barandilla de la casa vieja. Solíamos ir a la casa vieja de su abuela los primeros domingos del mes. Ella decía que a su abuela le gustaba que volviésemos a la casa de vez en cuando. Esa tarde llovió un poquito, nos sentamos en el porche con los pies en la barandilla, a hablar en voz baja y mirar al cielo llorar. Ni siquiera sacamos un paraguas, no nos importaba mojarnos. Caía una lluvia muy indiferente, de esta que parece que no moja. Cuando se cansó de llover el cielo pintó un arco iris, algo lejos y un poco difuminado, como borroso. Nos quedamos un rato mirando el arco iris. Después ella se levantó, me dio un beso en el pelo y antes de comenzar a caminar me dijo que se iba, que tenía que encontrar esa jarra de monedas de oro que escondían todos los arco iris al nacer.

Caramelos de gasolina

Conducíamos muy lento por el camino de cabras, lleno de piedras; Emilio me había dejado conducir a mí, con la única condición de que fuéramos lentos, como si estuvieras pisando huevos, me dijo. Los caramelos de la guantera estaban sosos, no sabían a nada. Emilio decía que sí, que me tranquilizara, que los caramelos sabían un poco a gasolina, no nos ponemos de acuerdo ni en el sabor de los caramelos. Caramelos de gasolina, era totalmente ridículo. Creo que para entonces, Emilio ya había perdido el sentido del gusto, y se inventaba las cosas. Y el coche, con el depósito a punto de acabarse, y Emilio diciendo que me tranquilizase, que el aire olía a lavanda, y que abriera las ventanas, que el médico había dicho que nada como la naturaleza para que me fuera recuperando. El médico tampoco sabía nada de sabores, y esos caramelos estaban sosos, sosos muy sosos.