de Guido Eytel, Los resplandores verdes de Miss Blue

“La tristeza es el juego más tramposo del diablo.” (Leopoldo Marechal)
Esa mirada, Alfonso, tiene la culpa de todo. Porque has de saber que Manuel siempre anduvo a la rastra de la tristeza, lamiéndole los pies, suplicando por ahí un pedacito de ella: un atardecer rosado y solo, una despedida para siempre, una tarde lluviosa de domingo, hasta que se convirtió en el más asiduo visitante de circos pobres, velorios, cementerios y otros lugares comunes sobre el mismo tema.


Yo, al principio, creía ver en todo esto un juego, una manera más o menos oscura de pasarlo bien. Pero, si era un juego, terminó mal.
Esa mirada, Alfonso, y esa noche tienen la culpa de todo. El Sayonara estaba casi igual que ahora. Humo, alcohol, drogas, pasión, etcéteras y más etcéteras que podría contarte durante dos horas si no estuvieras aquí para darte cuenta que no es ni tanto ni tan poco. Casi lo mismo que ahora. Pero cuando recién habían traído la infaltable y venerada botella de pisco, Manuel la descubrió.
Estaba sentada debajo de esa luz – no donde está ahora – y el resplandor verde ayudaba a hacerla más fantasma, con los ojos más hundidos, como si mirara desde otro lado, desde otro tiempo, y puedo jurar que se le olía la tristeza desde lejos.
-Esa puta sí que es triste -dijo Manuel, y no habló más. A mí me anduvo llevando la noche por otros caminos más ruidosos, por conversaciones con los músicos y por los calientes barrios de los bailes prostibularios. Cuando volví a verlo – a la vuelta de una o dos horas – estaba sentado junto a Miss Blue (así me la presentó), los dos silenciosos y unidos sólo por el lazo verde de Miss Blue que, quién iba a pensarlo, no soltaría nunca más a Manuel.
Después no había manera de encontrarlo en otra parte que no fuera el Sayonara. Miss Blue lo esperaba todas las noches en su asiento, rodeada de verdes resplandores, de efluvios tristes que conformaban su territorio, su jaula de pesadumbre. Nadie se le acercaba en su espera, dicen, y lo creo, porque quién iba a querer llorar por su propio gusto toda la noche. Fuera de Manuel, se comprende. Y cuando él llegaba se estaban ahí toda la noche y todas las noches chupándose la tristeza, resbalando por los lados más oscuros del silencio, adhiriéndose a los pellejos más esenciales de la vida sin hacer mucho caso del jolgorio que los rodeaba, de los gritos, de las risas, de las cumbias, de lo que se podría decir – sin mucha certeza – era el lado opuesto del asunto.
En los dos meses que duró su encuentro con el Nirvana -él mismo decía así- conversé algunas veces con él. “Eso es el Nirvana, compadre, me decía, el vacío, el único estado en el que puedes ver, a través de los velos, la realidad tal cual es.” Y después hablaba de sus Sesiones de Encuentro, de sus ejercicios con Miss Blue que empezaron de maneras ingenuas y sencillas tales como ver una pluma y largarse a imaginar el pobre pajarito muerto en medio del canal, hasta formas más complejas como por ejemplo comprender lo triste que puede resultar una suma, una resta o cualquier operación matemática.
Y sus maniobras prácticas o “salidas a terreno”, como él las llamaba: conseguirse de alguna manera las direcciones de los velorios del día, investigar sobre el porcentaje de matrimonios deshechos y visitar cada caso para averiguar mayores detalles sobre su historia, buscar amistad con alcohólicos y enfermos incurables, guiado Manuel por la tristísima mano de Miss Blue, cosa que muchas veces he dudado.
Recuerdo también su primer verdadero encuentro con Miss Blue. Lo recuerdo tal como me lo contó y recuerdo también que sus ojos empezaban a ponerse lejanos. Una vez, cuando la orquesta ya había guardado los instrumentos y los últimos clientes tomaban el último trago en el bar, estaban despidiéndose como de costumbre, con una mirada larga. Pero esa vez Manuel no partió, como las otras noches, a paso lento por las calles mojadas. Miss Blue lo tomó del brazo y le dijo: “esta noche duermes conmigo”.
Manuel recordaba haber caminado por un largo pasillo de madera mal iluminado, recordaba el gato dormitando sobre un cojín, recordaba las flores de plástico sobre la mesita, el mantel de hule a cuadros, el ropero desteñido con un espejo de medialuna, el calendario con la foto de un niño rubio, el inolvidable olor a Miss Blue que iba apareciendo entre las lágrimas de Manuel que, de rodillas, besaba el mismo vestido rojo que tú le ves ahora.
Ahí fue cuando empezó su verdadera relación con Miss Blue, su verdadero amor. Entonces abandonó su trabajo y su casa y se fue a vivir al Sayonara. Traté de aconsejarlo, como siempre, pero como siempre no me hizo caso.
-Tú no te puedes fiar de una puta -le dije-. No te puedes fiar de ninguna puta.
-Miss Blue es una puta diferente -respondió, y partió con su maleta.
Después lo volví a ver una vez, en el Rapa-Nui. Estaba solo en una mesa, tomando pílsener.
-Qué gusto verte por aquí -le dije al saludarlo-, veo que todo ha terminado.
-Nada ha terminado todavía -dijo muy despacito, y te aseguro que podía vérsele en la piel el mismo tonito verde que tenía Miss Blue. No habló nada más. Pagó su cuenta, se levantó y se fue.
Fue la última vez que lo vi. A los dos días supe por el diario que lo habían encontrado en el Sayonara con un balazo en la boca y que Miss Blue estaba detenida por explicables sospechas, ya que era la única que estaba con él en el momento de suicidarse. Apenas supe que la habían soltado vine a verla. Era otra. Blanca, feliz, radiante, bailaba y bebía como nunca lo había hecho y todos se le acercaban para gozar un poco de su alegría. Cuando me acerqué, una lucecita verde anduvo revoloteándole por los hombros y la cara, pero le duró poco.
Y para mejor comprender su historia debes pensar que Manuel era en el fondo un artista, un iluminado que sólo justificaba su vida por la tristeza, así como otros la justifican por la religión, la parapsicología, el fútbol o algún otro mal menor. Y, como todos los grandes místicos, tenía que luchar contra su temperamento, yo diría alegre, que solía jugarle malas pasadas. Por ejemplo a veces, ebrio, gritaba: “¡Viva la tristeza, mierda! ¡Vivan los boleros, los tangos y otras adyacencias!”
-Así que usted es el gran amigo de Manuel -me dijo, y siguió, contándome su propia versión de la historia. Ella antes era una mujer triste, una pobre mujer abandonada, no sabía realmente lo que era la vida, hasta que llegó Manuel con sus juegos tan absurdos, con su simpatía, su no sé qué, y ella empezó a enamorarse, a hallarle gusto a los días, a ser feliz, hasta que un día se lo dijo.
-Y entonces él me contestó -me dijo Miss Blue- “tú no puedes hacerme esto, desgraciada”, y tomó la pistola que guardaba en el velador y se pegó un tiro, el muy imbécil, justo cuando empezábamos a pasarlo bien. Palabra que no lo entiendo.
Yo sí, yo lo entiendo muy bien. Y tú habrás visto, Alfonso, lo mucho que te mira Miss Blue, porque ella también ha visto esa tristeza única que te descubrí esta tarde, mientras mirabas el río, y pensé que tú sí que podías vengar a Manuel, enamorándola y quitándole su sonrisa y todo lo demás, que para mí es lo único que vale.

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