Caramelos de gasolina

Conducíamos muy lento por el camino de cabras, lleno de piedras; Emilio me había dejado conducir a mí, con la única condición de que fuéramos lentos, como si estuvieras pisando huevos, me dijo. Los caramelos de la guantera estaban sosos, no sabían a nada. Emilio decía que sí, que me tranquilizara, que los caramelos sabían un poco a gasolina, no nos ponemos de acuerdo ni en el sabor de los caramelos. Caramelos de gasolina, era totalmente ridículo. Creo que para entonces, Emilio ya había perdido el sentido del gusto, y se inventaba las cosas. Y el coche, con el depósito a punto de acabarse, y Emilio diciendo que me tranquilizase, que el aire olía a lavanda, y que abriera las ventanas, que el médico había dicho que nada como la naturaleza para que me fuera recuperando. El médico tampoco sabía nada de sabores, y esos caramelos estaban sosos, sosos muy sosos.


Ya está, se acabó, no queda gasolina, el coche hace ruidos raros, se para de golpe. Botamos. Emilio no grita, se está mordiendo la lengua. Dice que no me preocupe, que en un día tan bonito y con olor a lavanda no puede salir nada mal. Dice que pronto pasará alguien y que nos podrá ayudar. Le digo que si no pasa nadie, podemos llenar el depósito con los caramelos sosos que le saben a gasolina. ¿Gasolina?, me dice, yo no he dicho eso, me dice. Los caramelos son de limón, saben a limón, ¡cómo van a saber unos caramelos a gasolina! Ya está, lo está haciendo otra vez, cómo puede ser alguien más hipócrita, ha repetido lo de los caramelos de gasolina cuatro veces, ahora dice que no se acuerda. Emilio resopla, coge las llaves, se levanta, sale del coche, mira a lo lejos, pero nadie, no va a pasar nadie. Yo también salgo del coche, el aire huele a tormenta, no a lavanda. Emilio dice que podemos empujar el coche un poquito, para sacarlo del paso, y acercarnos a la plantación de lavanda para echarnos un rato. No veo ninguna plantación de lavanda, el aire huele a tormenta, y el cielo está gris, lleno de nubes. Sabe que no me gustan las tormentas, vamos a meternos en el coche. No, vamos a la plantación de lavanda, que el médico ha dicho que necesitabas naturaleza. Me coge de la mano y andamos, Emilio dice que la plantación de lavanda está aquí al lado, que me va a gustar mucho el olor a lavanda. Es verdad, la lavanda es mi flor favorita, pero no veo nada, tampoco recuerdo como huele. Andamos un poco más, la tormenta nos sigue, cada vez está más gris el cielo. Llegamos a un borde, un borde alto, acantilado, se ven los árboles abajo, y un río. Emilio dice que la plantación de lavandas está ahí abajo, a dos pasos, si no la veo. No, no veo nada, los caramelos están sosos y el aire huele a tormenta. Me dice que baje yo primero, hasta el primer escalón, que después hay un caminito para bajar a las lavandas, que es nada más que un saltito. De aquí no veo las lavandas, veo un agujero, el borde no me va a sostener. Emilio dice que no me preocupe, que él me sujeta, me ayuda a agacharme, a bajar con un pie y a cogerme del borde con una mano. Que enseguida veré el caminito. Quiero ver las lavandas, hace mucho que no veo lavandas. Y olerán bien. Voy bajando, llego al escalón, es una piedra firme, pero no veo el caminito. Casi no llego al borde con las manos, Emilio dice que viene ahora. Ya no le veo, ni veo las lavandas, y empieza a llover, suenan dos truenos fuertes y Emilio ya no está, no le veo. Empieza a llover, me agarro al borde y consigo subir. Oigo el motor de un coche en medio de los truenos.

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