Posando mariposas

En la noche de las estrellas todo estaba en su sitio. Las piedras del suelo, dos estrellas fugaces (y un mosquito), los insectos y las plantas con pinchos. Un jersey rojo con dos mangas abrigadas. Un refugio mágico con velas de reflejos rojos y buenos augurios. Varias notas musicales como cascabeles en la noche, susurrando con el viento. Olor a pino, banderitas de colores, un techo brillando en plata de luna. Libertad. Ronroneos. Espacio abierto, lleno de deseos y caracoles.

Cómo encontrar un trébol de cuatro hojas

Limpiar un cristal invisible con una esponja invisible y mucha atención. Después limpiar un espejo, con un buen compañero. Sentarse cerca de la tierra, transmitir, quedarse lleno por dentro. Pasear con calma y todos los sentidos por un lugar arbolado con algo de magia. Elegir un árbol grande, ancho, con la corteza rugosa, llena de hormigas y agujas de pino. Abrazarlo durante diez minutos, sentirlo, intercambiar energía. Acercarse a un magnolio en el centro de un parque circular, con bancos de piedra y cielo azul, un magnolio sin flores y con trazos de purpurina rosa en el tronco. Buscar piñas a los pies del magnolio, encontrar tréboles, saber que el primero al que te acerques para contarle las hojas tendrá cuatro. Verlo, cogerlo con suavidad, con disculpas. Regalarlo como si fuera un tesoro. Hacerle una foto con una hormiga.

de Anton Chekhov, La dama del perrito

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella. Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente ´la señora del perritoª.

Fortune telling fish

One day he ate a fish. The fish had an even number of bones. He knew it for sure, he actually counted them after eating. He had a good day after finishing the fish. Everything happened that day went perfect, and the good luck continued that entire week, like never before. In fact, he felt good, full of something new. After that, every Monday he eats a fortune telling fish. When the number of bones is odd, he spends the whole week in bed, because the world outside could be dangerous, he is sure about the bad luck hidden inside odd numbers. After years of fish, he starts to look happier than ever before. Today he just finished another fish, but he feels weird. He did not find any bone at all. Not a single one. Today he did not know what to think: he could either die at the end of the day, or live forever.

Guitarra de viaje

Se compró una guitarra de viaje, tenía el tamaño adecuado para guardarla en cualquier sitio pequeño, la funda le cubría poco más que la espalda. El cuerpo era casi el de un ukelele, y el mástil era tan grande como el de una guitarra española. Compró también un juego de tazas de metal, cubiertos de plástico, un termo de buena calidad para guardar el café caliente de las mañanas, un hornillo de gas. También una tienda de campaña, pequeña, pero el tamaño justo para dos personas -si llegaba el momento-. Con todo su equipo nuevo acampó en el salón de su casa. Por las mañana hacía café en el hornillo de gas y lo guardaba en el termo de buena calidad. Por las noches tocaba la guitarra de viaje, había tenido que hacer un boquete en el techo de la casa para cantarle a las estrellas.

de Natalie Goldberg, El gozo de escribir

Es importante decir cómo nos llamamos, decir el nombre de los lugares en donde hemos vivido y describir los detalles de nuestra existencia. “Vivía en Coal Street, en Alburquerque, cerca de un garage, y llevaba la compra en bolsas de papel por Lead Avenue. Allí alguien, al comienzo de la primavera, había plantado unas remolachas y yo observaba crecer aquellas hojas verdes de color rojizo”. Hemos vivido; cada uno de nuestros momentos ha sido importante […]. El escritor debe decir sí a la vida, a cada aspecto de la vida: al agua en los vasos, a la jarra de leche, al bote de ketchup sobre el mostrador del bar.

de Italo Calvino, Las ciudades invisibles

De la ciudad de Zirma los viajeros vuelven con recuerdos bien claros: un negro ciego que grita en la multitud, un loco que se asoma en la cornisa de un rascacielos, una muchacha que pasea con un puma sujeto con una traílla. en ralidad muchos de los ciegos que golpean con el bastón el empedrado de Zirma son negros, en todos los rascacielos hay alguien que se vuelve loco, todos los locos se pasan horas en las cornisas, no hay puma que no sea criado por un capricho de muchacha. La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente.