Una gaviota en Madrid

Esta mañana nada más salir de casa me encontré una gaviota en la cuesta de la calle del Tesoro. Estaba posada en un buzón amarillo, mirando hacia el asfalto como si olisqueara olas saladas. Sería una gaviota despistada, con su pico moteado y su olor a algas marinas, no consigo imaginar como habría llegado a Madrid. Me transportó a una de las tardes con mi sirena en la playa del sur, a sus pies descalzos, a su zambullida final y a la marea bajando para llevársela de mi lado. No puedo vivir sin el mar, me dijo. Como tampoco pueden las gaviotas, que no vuelan si no ven costa para aterrizar. Frené en seco para observar con cuidado a la gaviota del buzón, para comprobar si era blanca y era real, me acerqué primero despacio y después más rápido, la gaviota no se movió ni un poco. Pasaba poca gente por la calle a esas horas, pero de los que pasaron ninguno se paró extrañado por mi gaviota.


La gaviota no se asustaba de mi presencia, me acerqué aún más, con la mano por delante avanzando despacio. La gaviota es un pájaro grande visto de cerca, es hasta feo, un poco bizco y antipático cuando aletea. Mi sirena y yo quedamos en tablas, ella no podía vivir sin su casa en el mar, yo no podía vivir sin ella. Me marché, regresé a Madrid en silencio, nunca le propuse lo contrario, no pensé que aceptaría. Nunca me gustó tanto el mar. Y ahora estaba a dos palmos de una gaviota posada en un buzón de correos en la puerta de mi casa. Acerqué la mano del todo y con un dedo le acaricié la cabeza con cuidado. Estaba húmeda, dio un paso atrás con su pata naranja y echó a volar de un sonoro aleteo, empapándome de gotas saladas. Voló hacia arriba, subiendo la cuesta de la calle del Tesoro, me dejó en silencio, con su olor a sal. La seguí con la vista hasta que se convirtió en un punto lejano camino al sur, y di media vuelta para volver a casa. Tenía que ver a mi sirena, subí decidido a escribirle un mensaje, y con un sello de correos tirarlo al buzón. Como un naufrago tira su esperanza. Madrid también tiene un poquito de mar, y si la gaviota no vuelve para probarlo, podemos recrear nuestro mundo marítimo en la isla de mi apartamento. Cuando baje la marea rescataré caracolas entre la arena, y llenaré mi apartamento con ellas para recibir a mi sirena.

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