de Michael Ende, Momo

Una vez, era un día pesado y bochornoso, había unos diez u once niños sentados en las gradas de piedra esperando a Momo, que se había ido a dar una vuelta, según solía hacer alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes plomizas. Probablemente habría pronto una tormenta.
-Yo me voy a casa -dijo una niña que llevaba un hermanito pequeño-. El rayo y el trueno me dan miedo.
-¿Y en casa? -preguntó un niño que llevaba gafas-, ¿es que en casa no te dan miedo?
-Sí -dijo la niña.
-Entonces, igual te puedes quedar aquí -respondió el niño.


La niña se encogió de hombros y asintió. Al cabo de un rato dijo:
-A lo mejor Momo ni siquiera viene.
-¿Y qué? -se mezcló en la conversación un chico con aspecto un tanto descuidado-. Aun así podemos jugar a cualquier cosa, sin Momo.
-Bien, pero, ¿a qué?
-No lo sé. A cualquier cosa.
[…]

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