de María Tena, Animal

Encontró el animalito en la calle, sus ojos le convencieron. Nunca antes había pensado meter a alguien en casa, no estaba dispuesto a cambiar sus costumbres. Esa noche le resultó gracioso verle en la caja viviendo junto a él. Pero el bicho olía, y encima respiraba, lo cual le resultaba irritante. Cuando despertó, los libros estaban tirados, la ropa desordenada y la nevera abierta. Además le seguía por toda la casa, a la ducha, a la cocina y casi al trabajo.
Enseguida, se dio cuenta de que le observaba imitando sus gestos. Se sentaba como él, comía igual que él y movía la cabeza de la misma manera que él lo había al hablar por teléfono. Aquello le conmovió. Fue entonces cuando empezó a contarle las peleas de la oficina, las broncas del jefe, los éxitos en el mus, sus fracasos en el amor. No había mejor compañero para ver el partido. Fue el principio de una convivencia que duraría años. Nunca se llegó a casar pero fue razonablemente feliz pues tenía el problema sentimental resuelto.


Cada vez se parecieron más, prácticamente no se les distinguía cuando paseaban por la calle charlando como una pareja cualquiera de esas que se llevan bien y siempre tienen muchas cosas que decirse. Bienaventurados.

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