Tesoros

De pequeña tuve tres tesoros: una roca, un manzano y una playa. La roca era una piedra enorme a la salida de casa, tenía tres metros de altura, era mi fuerte de guerra, mi barco pirata y un puente hasta la casa de los vecinos. El manzano lo plantó mi padre el día que yo nací, enterró las semillas de una manzana que se acababa de comer. El árbol creció rápido y fuerte, se hizo más alto que yo. Y la playa estaba a veinte metros de casa. Una playa eterna con fondo de bananeros, botes de pescadores y tres islas verdes perfilando el horizonte. Todo esto era nuestra casita de la playa.


No tenía más que unos pocos metros cuadrados, mis padres la construyeron con sus manos y muchos fines de semana en una tienda de campaña. Yo también ayudé, parece ser que metí la cabeza en un cubo lleno de cal una vez, y rompí a martillazos el reloj de mi padre otra. Eso dicen las fotos. La casita de la playa nos la encontramos por el camino, mi padre compró un terreno que encontró muy barato en uno de sus viajes de vuelta. Eran terrenos para una urbanización, algunos estaban vendidos, la mitad en construcción. Los bordeaban kilómetros de playa con casitas repartidas poco a poco. Un territorio salvaje. En esa tierra crecía de todo. Cuando nos mudamos a Río para que yo empezara a ir al colegio, volvíamos los fines de semana a nuestra casita, mis padres tenían que ir solamente para cortar el césped. Si pasaba más de dos fines de semana creciendo libre, nos invadía. Para mí era una selva oscura, a ellos les llegaba a las rodillas. También crecían lechugas, tomates, hierba luisa y fresas. La plantación de fresas era lo más pobre, un año llegamos a tener cinco a la vez. Eran ácidas y pequeñajas. Yo crecí allí, como crecían las lechugas, el césped y las fresas ácidas. Como creció mi manzano. Los que compraron la casa prometieron no cortar el manzano. La casita fue nuestro billete de avión. En un sobre nos llegaron fotos de las remodelaciones que habían hecho a la casita los nuevos inquilinos. Poco tardaron en ampliarla y construir sobre las lechugas. Supe que habían hecho cachitos mi roca, mi barco pirata, mi fuerte de guerra; para construir un muro y rodear la casa. Un murito de nada, de adorno, no les llegaría a la cintura a los nuevos inquilinos. A mí me hubiera tapado, como me tapaba el césped todos los fines de semana y los remolinos de la orilla del mar. Creo que no cortaron el manzano, espero que no lo hicieran. O simplemente lo trasplantaran, como hicieron conmigo.
(Tonbridge, abril de 2004)

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