Sin gusto

No tengo gusto, lo perdí. Comer, como con los ojos, con las manos. No me queda otra. Sobre todo me gustan los helados. Sentarme delante de un sorbete de limón, observar con firmeza las tres bolas redondas de color pajarito hasta que empiezan a derretirse de forma tímida, callada, a cámara lenta. Acercarme al sorbete, sin llegar todavía a tocar las bolas de limón, sintiendo el frío del helado susurrándome en la mejilla. Acercarme un poco más y rozarlo con la punta de la nariz, pintarme la punta de la nariz como un payaso de sorbete de limón. Separarme un poco, hacer crujir los nudillos y hundir los diez dedos, lentamente, notando que el helado de acomoda entre ellos, con todo su frío. Destrozar las bolas con las dos manos hasta que terminan de derretirse, remover, separar los cachitos de limón. Y cuando ya es líquido, bebérmelo.

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