Lluvia

Llovía. No me dejaban nadar en piscina cuando llovía. Tampoco cuando era de noche, o cuando había acabado de comer, aún menos sin darme una ducha antes de entrar al agua. Me escapé por la tarde apenas empezó a llover, mientras mi madre recogía las sábanas blancas del tendedero del jardín. Llegué corriendo hasta el borde de la piscina. Las gotas caían suaves sobre el agua, a un ritmo perfecto, rítmico, desigual. Como sin querer. Me recordaban al pestañeo de la abuela. Desde el agua, asomada al borde de la piscina, veía a mamá recogiendo las sábanas blancas a toda prisa, atropellándose un poco, para no tardar más que dos pestañeos de la abuela.

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