Manos

Sus manos olían como mi fortuna, a aceite de coco y a tabaco. En verano a aceite de coco, en invierno a tabaco. En verano se untaba de aceite de coco todo el cuerpo después de tomar el sol, su cuerpo brillaba y olía a coco, sobre todo olían sus manos mientras barajaba las cartas. En invierno sus manos olían a tabaco. Trabajaba con las manos y su baraja de tarot. Distribuía las doce cartas de forma ritual sobre la alfombra, dejando un rastro perfumado de coco en verano y de tabaco en invierno, al mover sus manos rápido, como cortando el aire, cortando el futuro.

Lluvia

Llovía. No me dejaban nadar en piscina cuando llovía. Tampoco cuando era de noche, o cuando había acabado de comer, aún menos sin darme una ducha antes de entrar al agua. Me escapé por la tarde apenas empezó a llover, mientras mi madre recogía las sábanas blancas del tendedero del jardín. Llegué corriendo hasta el borde de la piscina. Las gotas caían suaves sobre el agua, a un ritmo perfecto, rítmico, desigual. Como sin querer. Me recordaban al pestañeo de la abuela. Desde el agua, asomada al borde de la piscina, veía a mamá recogiendo las sábanas blancas a toda prisa, atropellándose un poco, para no tardar más que dos pestañeos de la abuela.

Sin gusto

No tengo gusto, lo perdí. Comer, como con los ojos, con las manos. No me queda otra. Sobre todo me gustan los helados. Sentarme delante de un sorbete de limón, observar con firmeza las tres bolas redondas de color pajarito hasta que empiezan a derretirse de forma tímida, callada, a cámara lenta. Acercarme al sorbete, sin llegar todavía a tocar las bolas de limón, sintiendo el frío del helado susurrándome en la mejilla. Acercarme un poco más y rozarlo con la punta de la nariz, pintarme la punta de la nariz como un payaso de sorbete de limón. Separarme un poco, hacer crujir los nudillos y hundir los diez dedos, lentamente, notando que el helado de acomoda entre ellos, con todo su frío. Destrozar las bolas con las dos manos hasta que terminan de derretirse, remover, separar los cachitos de limón. Y cuando ya es líquido, bebérmelo.

Gafas perdidas

En verano aparecieron unas gafas en uno de los buzones verdes de la Castellana. Eran metálicas, estaban apoyadas del revés, y tenían rota la patilla derecha, cortada por la mitad. El primero en verlas fue el cartero, se las probó extrañado porque siempre había querido verse con gafas; al levantar la cabeza notó que la patilla derecha se le clavaba, y vio el mundo mucho mejor. Su carrito de cartas estaba vacío, las manecillas de su reloj de pulsera se habían parado y había salido el sol, que le sonreía. Se quitó las gafas y con respeto, las dejó tal cual estaban, apoyadas del revés, encima del buzón verde. Se marchó a casa tarareando entre dientes, con su carrito vacío, y en la esquina le dijo a la quiosquera que las gafas rotas del buzón eran milagrosas. La quiosquera se acercó al buzón, intrigada, nunca había hecho caso a lo que decía el cartero, pero estaba curiosa, como un niño pequeño.

Libros de bolsillo

El doctor Soto era un enfermo mental. Su enfermedad, los libros de bolsillo. Decían que no existía cura alguna. Compraba todos los libros de bolsillo que salían al mercado, en todas sus ediciones, desde 1993. Al poco tiempo tuvo que trasladarse a una casa más grande con más metros cuadrados para estanterías. No podía salir a la calle sin una mochila repleta de libros de bolsillo, no se sentía seguro, no era él mismo. Le gustaban porque tenían tapas blandas. Su obsesión era tal que nada más ver a una persona por la calle, en el autobús o en el metro que leía un libro de bolsillo; se acercaba hasta ella sin importarle nada más que leer el título, el autor, conocer la editorial, la tipografía. Era un experto. Llego el día que tuvo la necesidad de escribir su propio libro, contando la historia de un loco que coleccionaba libros de bolsillos. Se lo publicaron al poco tiempo. No tuvo más remedio que suicidarse. La editorial lo sacó a la calle ilustrado y con tapas duras.