La ciudad de los tristes

Su nombre oficial era Mercadia, pero todos la conocían como La Ciudad de los Tristes. Se contaba que los visitantes que caían en ella por casualidad y lograban salir, nunca volvían a ser los mismos, como si dejaran olvidada la risa en alguno de sus callejones.
Sus habitantes eran seres grises, fríos, rígidos. Todos vestían igual, se parecían físicamente, no derrochaban palabra ni pensamiento. Caminaban, hablaban, vivían al mismo ritmo. Ritmo monótono. Ritmo aburrido. Nunca reían. No conocían la risa. La risa era algo prohibido y perseguido por la ley. Una forma de vida mecánica, con un horario estricto e inmutable de por vida. Escuela, estudios, universidad, puesto fijo de trabajo. Todo a su hora, todo a su debido tiempo. De los pocos niños que nacían, pocos llegaban a viejos.


Un pequeño grupo de ciudadanos se diferenciaban del resto. Reían y disfrutaban de la vida. Organizaban reuniones secretas donde charlaban y bebían hasta altas horas. Contaban anécdotas, inventaban historias, bailes, juegos, a veces incluso leían en voz alta los pocos libros que se obtenían de contrabando.
Eran conocidos como la Secta de la Alegría, muy buscados por el gobierno. Los habitantes de Mercadia tenían un miedo profundo a los miembros de esta secta, y escupían las palabras al suelo cuando debían hablar de ella. Estos individuos felices debían tomar ciertas precauciones en su vida diaria, para que su alegría vital no se reflejara en el rostro de todos los días. Así que siempre que salían a la calle, se cubrían la cara con una máscara de cartón sujeta con un elástico por detrás de la cabeza. Estas máscaras se camuflaban perfectamente entre las gentes de la calle y del metro y del autobús.
Un lunes, después de un fin de semana muy divertido, uno de los hombres de la secta no oyó el despertador. Se levantó tarde y a todo correr, y salió de casa sin la máscara. En el metro todo el mundo le miraba, la combinación de sonrisa y ojos brillantes llamaban demasiado la atención. No pudo ni salir del metro, los guardias de seguridad le detuvieron al bajar del tren. Lo llevaron a prisión, le dieron el número 475.
En la prisión encontró a viejos compañeros de alegrías. Todos acusados de pertenecer a la secta, y siguiendo diversos programas de rehabilitación. Les sometían durante horas a sesiones de documentales sobre el estado del mundo, las guerras, catástrofes y miserias. Su idea era arrancar la alegría de raíz, terapias de grupo, comida mala.
Su compañero de celda era un chico joven. El preso 327. Hacía meses que no lo veía por las reuniones, los meses que llevaría encerrado. Su aspecto era deprimente, parecía llorar con cada ángulo de su cuerpo, habían acabado con él. Le quedaba una mirada triste y vieja, muy vieja, con la carga del mundo en sus hombros, demasiada, le había doblegado. Estaba rehabilitado, en breve lo reincorporarían a la sociedad.
La celda de enfrente estaba ocupada por un solo hombre. Un hombre viejo ya, que llevaría años encerrado tal vez, con una mezcla de barbas blancas y greñas deshilachadas hasta la cintura. Mirada joven y brillante, y sonrisa calma entre las barbas. Ya no lo sometían a rehabilitación, se decía que estaba loco, y que ya no merecía la pena intentar curarlo.

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