El pintor de lápices

Llenaba las baldosas de formas y colores. Le gustaba el trazo de la tiza. Cuando llovía o hacía demasiado viento, pintaba debajo de algún techo, balcón, algún toldo o arcada. Un domingo encontró un lápiz tirado en su baldosa preferida cerca de la catedral. Alguien debía haberlo olvidado allí, nadie abandona un lápiz recién afilado. Hacía mucho tiempo que no levantaba un lápiz. Para las baldosas siempre fue mejor la tiza. Ese domingo dibujó un lápiz azul y dorado en la baldosa, olvidando por completo las gárgolas de la catedral. Lo imprimió en una fila de baldosas seguidas. Diferentes colores, diferentes formas del mismo lápiz perdido.


Durante varios domingos volvió a las baldosas de la catedral a pintar lápices. La punta seguía igual de afilada que el primer día. El primer domingo de verano, encontró un intruso en sus baldosas de la catedral. Parecía mucho más viejo que él, con la maraña de pelos blancos tapando su cara. Y parecía querer decirle algo, sin pronunciar palabra. En una mano llevaba una hoja amarillenta, y con la otra apuntaba a la baldosa de la derecha, en la que aún se veía una sombra de los lápices del domingo pasado. El pintor no sabía que decirle, hacía demasiado tiempo que no hablaba con nadie. Se sentó en la baldosa de la derecha, y sacó el lápiz perdido del bolsillo. El viejo extendió más la mano, hacia el lápiz, con cariño. El pintor le devolvió el lápiz azul y dorado. El viejo sonrió como un niño y comenzó a escribir en la hoja amarillenta.

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