de Truman Capote, El arpa de hierba. Anagrama.

¿Cuándo oí hablar por primera vez del arpa de hierba? Bastante antes del otoño ya vivíamos en el cinamomo, así que debió de ser a principios del otoño. Y, naturalmente, fue Dolly quien me lo dijo. Nadie más pudo tener la ocurrencia de llamar a aquello el arpa de hierba.
Si al salir del pueblo se toma el camino de la iglesia, pronto se deja atrás una deslumbrante colina de lápidas blancas como huesos y oscuras flores resecas: el cementerio baptista. Nuestros parientes, los Talbo y los Fenwick, están enterrados allí; mi madre al lado de mi padre, y las tumbas de nuestros familiares, veinte o más, los rodean como las raíces de un árbol pétreo. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta de sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastrada por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.


Tras esa pradera empieza la oscuridad del bosque de River. Debió de ser en uno de aquellos días de septiembre, mientras nos hallábamos en el bosque recogiendo raíces, cuando Dolly me dijo:
-¿Lo oyes? Es el arpa de hierba que siempre nos cuenta algo nuevo… Lo sabe todo de la gente de la colina, de los que vivieron aquí antes. Y cuando nosotros estemos muertos, también contará nuestra historia.

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