de Javier Sagarna, prólogo de Vino un chino y nos vendió un mechero

No sabría decir después de qué sueño intranquilo mi hijo Diego amaneció convertido en gato. Fue una sorpresa, pero ya nos hemos acostumbrado. Le llamamos Carboncito y es un gato negro, de largos bigotes plateados y grandes ojos de color miel. Es un gato precioso. Carboncito persigue a la niña por el pasillo, corre detrás de cualquier pelota, se nos enreda en las piernas y, si me siento un rato delante de la televisión para ver el resumen del partido del Real Madrid o los desastres del telediario, se me encarama en las rodillas, ronronea y se hace acariciar. Hay veces que me cuesta reconocer al niño detrás de la máscara de gato negro que, no sé cómo, apareció en casa creo que por carnaval.


Y es que, cuando se transforma en Carboncito, Diego se lo toma muy en serio. No le basta con ser medio gato, o casi un gato, ni mucho menos un niño disfrazado de gato. No. Carboncito es un gato de verdad así que, cuando representa su papel, mi hijo anda a cuatro patas, bebe la leche a leng¸etazos aunque tarde un siglo en terminarse un vaso, persigue ratones de aire y no habla por mucho que uno trate de tenderle trampas. Modula sus maullidos, eso sí (un mau, mau, sorprendentemente similar al de los gatos de verdad) y, últimamente, ha aprendido a sacar las uñas si algo no le gusta. Luego, cuando se aburre, se esconde detrás de cualquier mueble, se quita la máscara y reaparece preguntando si hemos visto al gato. ¿Por qué cuento esto? Hombre, pues por darle colorines a este papel de envolver que es todo prólogo, claro, pero sobre todo porque creo que los 104 autores que publican en este libro también tienen un gato. Todos los escritores tenemos un gato y son sus aventuras lo que nos sentamos a escribir. Yo diría que es él quién escribe casi siempre, aunque luego nos toque a nosotros ordenarle las ideas. Algunos escritores tienen un gato serio y otros un gato metafórico y minimalista, están los que persiguen a su gato ladrón y también los que buscan tras la pista de su gato detective, el gato de algunos es un juerguista, un gamberro cabezaloca con los chistes siempre a mano, mientras que el de los más tiende a triste y azul, a pesimista, a agobiado por los males de la vida y la injusticia final de la muerte. Algunos, cómo no, cambian de gato casi en cada cuento.
Y es que, tal y como yo lo veo, un escritor no es sino un hombre o una mujer que sabe convertirse en gato, que sabe que el suyo es un gato de verdad y se lo toma tan en serio que es capaz de andar a cuatro patas y tardar un siglo para beberse la leche a leng¸etazos. Un hombre o una mujer en contacto con su gato personal. Con eso que estamos llamando gato y otros han llamado imaginación, talento, inspiración o capacidad fabuladora. Un devorador de ratones de aire.
Por eso, la función de un Taller de Escritura no es otra que ayudar al escritor a establecer una relación fluida con su gato y también, esto es importante, a modular sus maullidos y a sacar las uñas cuando hace falta meter en cintura a alguna frase. Aceite. Cada vez que Enrique habla del punto de vista, cuando Ángel la emprende con lo de quitar informantes y poner indicios o insiste en que faltan los sentimientos, siempre que Isabel repasa las diferencias entre personajes planos y personajes redondos, o Carlos da vueltas a los puntos de giro, o yo me pongo pesado con cualquiera de las muchas cosas/cosas que he aprendido de ellos, sólo estamos tratando de echar aceite en los engranajes de esa extraña relación en la que un escritor y un gato comparten el mismo cuerpo.
Muchas veces, en clase, hemos hablado de las dos figuras que trabajan dentro de cada escritor: el creador y el corrector. El gato intuitivo y el humano razonador. Y los 104 autores de este libro saben bien lo fácil que resulta que el corrector -yo siempre lo veo como un americano gordo de pies enormes que cada clase se sienta a la mesa larga del Taller para ponerse morado de técnica- machaque al gato de un pisotón cada vez que el bicho quiere asomar la cabeza. Y por ahí sólo se llega al bloqueo, a la frustración de la página en blanco, al “yo no valgo”, y se acaba entornando la puerta por la que, al menor descuido, se nos escapa el gato.
Así que el escritor tiene que cuidar al gato, a su niño juguetón, dejarle que diga lo quiera con la tranquilidad de que después, sólo después, llegará el corrector, el gordo bien entrenado y cebado de técnica, para revisar, rehacer, limpiar, fijar y dar esplendor.
No es fácil ser escritor. El escritor vive partido en dos, roto, consciente. La vida se le va en perseguir al gato, en buscar luego la manera de conciliar en cada cuento sus fantasías, sus asociaciones imposibles, con la manía del gordo por el orden y la claridad. Y no tiene más remedio. El gato está allí para no dejarle olvidar que la vida es mucho más que el sofá, la tele y el mando a distancia para cambiar de canal cuando llega la publicidad, que las historias se esconden incluso detrás de los partidos del Real Madrid, tras los desastres del telediario, bajo el maquillaje barato de los famosos basura. Y que tiene que contarlo. Una tarea que, así exagerando, pone a los 104 de este libro a la altura de aquellos 101 espartanos que a las órdenes de un rey de nombre felino defendieron la cultura griega en las Termópilas. Leónidas y los 101. El gato y los 104. Y enfrente un millón de persas. Así nos va. Casi tan mal como les fue a los espartanos. Todo el día a palos con el gato. Necesitándolo y defendiéndonos de él. Utilizándolo, aunque muchas veces no se quiera dejar. Perdiendo el sueño cada vez que no somos capaces de verlo por mucho que miramos alrededor, cuando lo llamamos y no contesta. Agobiados. Acosados por persas sin gato y gatos persas. Tristes hasta que un día, tal vez tomando una caña con los amigos a la salida del Taller, viene un chino, nos vende un mechero, y escuchamos el maullido del gato dentro de la cabeza y nos salen de golpe 104 cuentos. Y entonces, con este libro entre las manos, casi somos felices.
El otro día, a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa, Carboncito no estaba. El niño no lo había mencionado, pero yo sabía que tenía tantas ganas de reencontrarse con él como con la oveja de peluche que nada más llegar se echó al bolsillo. Pero Carboncito no aparecía. Lo buscamos entre los juguetes, debajo de las camas, levantamos todos los cojines del sofá. Nada. Le prometí que compraríamos otra careta y el niño, a regañadientes, pareció aceptarlo, pero se quedó tristón y al cabo de un rato, por una nimiedad, organizó una pataleta de espanto.
Estaba desconsolado. Y entonces, detrás de la cómoda de nuestro cuarto, mi mujer encontró la careta. Negra, con largos bigotes plateados, vacía sólo hasta que Diego se la puso y Carboncito empezó a perseguir a la niña por el pasillo y a enredársenos entre las piernas. No había un niño más feliz. Parecía un escritor escribiendo un cuento.
Javier Sagarna, abril de 2001.