Crónicas de Londres I

De agosto a noviembre, llevo cuatro meses en Londres. Cuando llegué en tren desde Newcastle, pensé que este año el verano estaba juguetón y se escapaba para ir siempre un paso por delante. A finales ya de octubre, parece que el verano londinense es tan travieso como suave, se va sin alborotos cuando llega el otoño con el señor viento. No creo que sea viento del este, porque en vez de traernos a Mary Poppins, nos abraza con remolinos de hojas por las calles, no nos deja abrir la puerta del cuchitril con una sola mano, y a veces es tan fuerte que pienso que con extender los brazos voy a salir volando.


Londres tiene magia. Siempre me apaño para encontrar la magia de los sitios, no tengo mejor forma para sentirme en casa. Londres tiene un encanto especial que es magia. Una mezcla de antiguo, Támesis, edificios coloniales entre pubs irlandeses, y parques con luna y cisnes. También hay zorros por la ciudad, hemos visto uno el otro día a las tantas de la madrugada saliendo del portal de casa. Calles intrincadas, callejones estrechos con escaleras. Casas blancas de columnas. Velas de colores. Flores en las farolas. Adoquines. Policías a caballo. Chinatown. Tiendas de antig¸edades. Bóvedas, puentes, bicicletas. También es la luz. La luz es distinta que en otras partes, el cielo parece viejo y los atardeceres son largos largos. Por ahora. La niebla londinense llena de fantasmas aún no la he visto. Pero los temporales que remueven las calles con viento, hojas secas y lluvia diagonal están llegando.
Nuestro cuchitril está al sudoeste de Londres, por debajo del río. Hay dos ciudades distintas a ambos lados del río. Elephant & Castle se llama el barrio, por la costumbre de la reina Elizabeth de guardar por aquí los elefantes que le regalaba el gobierno indio. Lo más bonito del cuchitril es nuestra habitación, por las cortinas verdes, el edredón azul con búhos y peces, y el tapete de sol sonriente que cuelga de la pared. Desde la cocina se puede ver la hora en el Big Ben con unos prismáticos rojos. En las cañerías vive alguna especie de mamut grande que se despereza con bostezos grandes. En el suelo hay boquetes, debajo de la moqueta. Tenemos todo tipo de paredes, desde paredes de acero a tabiques de papel de fumar, uno de los cuales se ha semiderruido con el viento de hoy. Al timbre hay que darle cuerda como a los relojes, y los pomos de las puertas se caen si los miras fuerte. Es acogedora y alegre, como primer cuchitril está muy bien.
Todas las mañanas viajo en bus desde casa a la zona de Trafalgar Square, la plaza de los cuatro leones grandes de metal. En la calle Jonh Adam Smith está el pub donde trabajo, Theodore Bullfrog se llama, y paso seis horas diarias haciendo sándwiches y ensaladas. No me canso, pero me aburro un poco. El lunes estreno cocinera nueva, una mujer muy grande con un nombre raro. Cuando la vi, tenía cara de buena gente. Si no me gusta mucho, buscaré otra cosa rápido. Si me gusta y me pagan las vacaciones de Navidad, buscaré otra cosa para principios de año. Después de trabajar tres meses en un pub inglés, debo reconocer que no me gusta la cocina inglesa. En general. Que me encantan las patatas asadas, y los beans con su salsa de tomate, y ya. Luego están los tés. Blackcurrant, ginseng, vainilla. Lime flower, spiced apple, elderflower. Mandarina con lychee, naranja, mango, manzana con canela, hierbabuena, té verde con limón. Y el tradicional, claro. Están ricos, sí.
Londres, además de la magia, los zorros y los tés de frutas, tiene un tesoro de libros de segunda mano. Muchas tiendas de caridad que los venden baratos, mercadillos los sábados y domingos. Charing Cross Street, que nace en Trafalgar es un hervidero de librerías antiguas, libros de segunda mano, o tercera o quinta. Los mercadillos son variados. Desde el de cosas robadas que montan en la calle de casa, hasta el de Portobello Road en medio de tiendas de velas y antig¸edades y ropas de colores. Uno de cuadros y libros que los sábados por la mañana rodea Hyde Park. O los de frutas y vegetales que montan por el Soho.
No se me puede olvidar Harry Cowter. Desde hace meses recorre Londres la Cow Parede, y puedes encontrarte por sus calles distintas estatuas de vacas decoradas con motivos divertidos. Mi favorita es Harry Cowter, en Leicester Square, haciéndole compañía a un Chaplin de metal gris. Es genial, con su capa, su cicatriz y su escoba al viento.
Con Harry voy a acabar esta crónica. El viento y el hambre no son buena compañía para escribir. Saldrán mejores, con otros zorros, otros aromas y clases de inglés, estudios a la luz de las velas, patines y cubitos de hielo. Para la próxima luna.

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