de Zenna Henderson, Stevie y el Oscuro

El Oscuro vivía en un agujero, en el bancal del arenal donde solía jugar Stevie. El Oscuro quería salir, pero Stevie se las había arreglado para que no pudiera. Para ello colocó una hilera de piedrecitas mágicas frente al agujero. Stevie sabía que eran mágicas porque las había encontrado él mismo y daban la sensación de ser mágicas. Cuando se es tan mayor como Stevie -cinco años, ¡toda una manecita!- se saben muchas cosas y se sabe qué sensación da la magia.


Cuando descubrió al Oscuro por vez primera, Stevie tenía piedrecitas en los bolsillos. Stevie había estado excavando un garaje en un pequeño talud del arenal cuando un pedazo de lo alto se desprendió y le cayó encima. Una piedra le golpeó la frente con fuerza suficiente para hacerle llorar… si sólo hubiera tenido cuatro años. Pero Stevie ya tenía cinco, así que se restañó la sangre con el dorso de la mano y se puso a apartar el barro para encontrar el cucharón que mamá le dejaba para que escarbase. Entonces vio que el agujero era grande de veras, y que el cucharón estaba justo dentro de él. Alargó pues la mano para cogerlo y el Oscuro salió un poquitín y tocó a Stevie. Le cubrió completamente la mano hasta la muñeca, y aunque Stevie la retiró enseguida, su manecita salió toda blanca y despellejada por el revés. Se le quedó toda rígida y blanca en un instante; después, la sangre volvió y le dolió mucho. Stevie se puso furioso. Así que sacó las piedrecitas mágicas y puso una colorada pequeñita delante mismo del agujero. El Oscuro volvió a asomar, sacando una especie de dedo y tocó la piedrecita roja, pero las pro piedades mágicas de la piedra no le gustaron, por lo que empezó a empujar a su alrededor. Stevie colocó las otras piedrecitas: blancas y redondeadas unas, amarillentas y planas las otras.
El Oscuro formó un montón de deditos que quisieron colarse a través de la hilera mágica. Sólo quedaba un hueco, así que Stevie colocó allí la piedrecita negra y translúcida que había encontrado aquella mañana. Entonces el Oscuro recogió todos sus deditos y comenzó a volcarse sobre la piedra negra. Por eso, rápido como un conejito, Stevie trazó un signo mágico en la arena, y el Oscuro volvió a agazaparse en su agujero. Stevie marcó enseguida con grandes X todo el contorno del agujero y se fue corriendo a buscar más piedras mágicas. Encontró una blanca atravesada por un filete azul y otra de las amarillas. Volvió y dispuso todas las piedras enfrente del agujero y borró todas las X. El Oscuro se enfureció y se amontonó tras el cerco de rocas hasta alzarse por encima de la cabeza de Stevie.
Stevie estaba asustado, pero aguantó a pie firme y se asió con fuerza a su pieza de bolsillo. Stevie sabía que era la más mágica de todas. Se lo había dicho Juanito, y Juanito si que sabía de magia. Juanito tenía diez años y fue el primero que le había hablado de magia a Stevie. Había ayudado a Stevie a hacerse aquel amuleto mágico. También fue Juanito el que escribió las palabras del amuleto. Por descontado que Stevie sabría escribir en cuanto fuera a la escuela, pero para eso todavía faltaba muchísimo.
El Oscuro no podía hacerle ningún daño mientras empuñara el amuleto, pero de todos modos casi daba miedo ver al Oscuro alzarse de aquel modo bajo la ardiente luz del sol. El Oscuro no tenía cabeza, ni cuerpo, ni brazos ni piernas. Tampoco tenía ojos, pero estaba mirando a Stevie. No tenía boca, pero le estaba hablando en voz baja, mascullando. Podía oírlo en el interior de la cabeza, y los murmullos expresaban odio, así que Stevie se sentó en la arena y trazó nuevamente un símbolo mágico ?muy grande? y el Oscuro se retiró bruscamente al interior del hoyo. Stevie se dio la vuelta y corrió lo más rápidamente que pudo, hasta que los susurros que llenaban sus oídos se convirtieron en el siseo del viento y en el sonido de piedras repiqueteando en el camino.
Al día siguiente vinieron de visita a casa de Stevie Arnold y su madre. A Stevie no le gustaba Arnold. Era un chismoso acusica y un llorón, a pesar de que tenía una mano entera y dos dedos más de edad. Stevie le llevó a jugar a la orilla del arenal. No fueron a donde estaba el Oscuro, pero mientras se encontraban excavando túneles alrededor de las raíces del chopo, Stevie pudo sentir al Oscuro, una especie de atronar largo y profundo que solamente tus huesos pueden sentir, pero no tus oídos. Se dio cuenta de que el gran signo mágico que había trazado en la arena se había borrado y que el Oscuro estaba tratando de rebasar la línea de piedras.
Arnold se puso enseguida a alardear:
-Tengo una pistola espacial.
Stevie echó hacia atrás un poco más de arena.
-Yo también -dijo.
-Y tengo una bici de dos ruedas.
Stevie se sentó en cuclillas.
-¿De veras?
-¡Claro! -El tono de Arnold era el de una sabidilla-. Tú eres demasiado pequeño para tener una bici de dos ruedas. Y aunque la tuvieras no sabrías andar en ella.
-¡Sí que sabría! -Stevie volvió a sus trabajos de excavación, sintiéndose mal por dentro. Se había caído de la bici de Rusty cuando quiso montarla. Pero Arnold no lo sabía.
-No puedes. -Arnold siguió excavando su túnel-.Y además, yo tengo una pistola BB y una sierra de verdad y un gato con tres patas y media.
-Pues yo tengo algo que tú no tienes.
-No lo tienes. -Arnold se puso a cavar en el túnel de Stevie.
-Sí que lo tengo. Es un Oscuro.
-¿Un qué?
-Un Oscuro. Lo tengo en un agujero de allá abajo.
-Volvió bruscamente la cabeza hacia la parte del arenal situado más abajo.
-Bah, estás loco. No hay ningún ´oscuroª. No haces más que hablar como un nene pequeñín.
Stevie sintió que le ardían las mejillas.
-No hablo como un nene. Ven si te atreves, y lo verás.
Cogió a Arnold de la mano y lo llevó medio a rastras por el arenal. La arena crujía bajo sus pies como azúcar desparramado, se les metía en las sandalias al pisar, y salía de ellas como cernida al levantar el pie. Se sentaron en el suelo, frente al agujero. El Oscuro se había agazapado en el fondo, y no podían verlo.
-No veo nada -Arnold se inclinó ha!cia adelante, para mirar en el agujero-. No hay ningún ´oscuroª. No eres más que un tonto.
-¡No soy ningún tontoª ¡Y en ese agujero está el Oscuro!
-¡Claro que en el agujero está oscuro! ¡Pero dentro no hay nada. No se puede’ tener un oscuro, bobo!
-¡Claro que puedo! -Stevie metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza su amuleto-. Será mejor que cruces los dedos. Voy a dejarle salir un poquito.
-¡Bah! -Amold no le creía, pero de todos modos cruzó los dedos.
Stevie apartó dos de las piedras mágicas que había colocado frente al agujero, y reculó. El Oscuro se vertió hacia el exterior, como si desbordase. Una delgada corriente suya se coló por el hueco abierto en la hilera mágica y salió disparado hacia lo alto, como una torre de humo. Arnold se sorprendió tanto que descruzó los dedos; el Oscuro le envolvió la cabeza y Arnold empezó a chillar y chillar. El Oscuro lanzó un largo brazo hacia Stevie, pero Stevie sacó su amuleto del bolsillo y golpeó con él al Oscuro. En el interior de su cabeza, Stevie pudo oír gritar al Oscuro; volvió a golpearle y el Oscuro cayó hecho un montoncito y se hizo más pequeño; Stevie le empujó entonces hacia el interior del agujero con su amuleto. Volvió a colocar en su sitio las piedras mágicas y trazó en la arena dos grandes signos mágicos, tras lo cual el Oscuro volvió a gritar y a ocultarse en el fondo del agujero.
Arnold yacía tendido en la arena, con la cara toda blanca y rígida; Stevie le sacudió y le llamó. Arnold abrió los ojos y la cara se le volvió roja y comenzó a sangrar. Empezó a sollozar:
-¡Mamá! ¡Mamá! -y corrió en dirección a la casa lo más rápidamente que pudo a través de la arena blanda. Stevie le siguió, gritando-: ¡¡Tú descruzaste los dedos! ¡Es culpa tuya! ¡Tú descruzaste los dedos!
Arnold y su madre se fueron a casa. Arnold seguía lloriqueando y su madre estaba roja de veras todo alrededor de la nariz mientras le gritaba a mamá, ´¡Más le vale aprender a dominar a esa bestezuela suya antes de que se convierta en asesino!ª. Y arrancó su coche con tanta violencia que lo metió en un bache que había junto a la puerta y casi se salió del camino.
Mamá se sentó en los escalones de la entrada de la casa y sentó a Stevie en sus rodillas.
Stevie miró hacia abajo y trazó suavemente una pequeña señal mágica sobre los pantalones de su mamá.
-A ver, Stevie, ¿qué es lo que ha pasado?
Stevie se removió inquieto:
-No pasó nada, mamá. Lo único que hicimos fue jugar en el arenal.
-¿Por qué lastimaste a Arnold?
-No lo hice. De veras. Ni siquiera le toqué.
-¡Pero si tenía media cara toda despellejada! -Mamá puso la voz de basta ya de tonterías-: Dime lo que ocurrió, Stevie.
Stevie tragó saliva.
-Bueno, Arnold estaba presumiendo de su bici de dos ruedas y… -Stevie se puso nervioso y miró hacia arriba-, y, mamá, iél tiene un gato con tres patas y media!
-Sigue.
Stevie volvió a recostarse contra ella.
-Bueno, yo tengo un Oscuro en un agujero allá en el arenal, así que yo…
-¿Un Oscuro? ¿Y eso qué es?
-Es… es…, pues es un Oscuro. No es muy manso. Yo lo mantengo en su agujero con magia. Lo dejé salir un poquito para que Arnold lo viera y el Oscuro le lastimó. Pero fue culpa suya. ¡Descruzó los dedos!
La madre suspiró.
-¿Qué fue lo que ocurrió de verdad, Stevie?
-¡Te lo acabo de decir, mamá! De veras, eso fue todo lo que ocurrió.
-¿De verdad, Stevie? -Ella le miró directamente a los ojos.
Stevie la miró igual de fija y directamente.
-Sí, mamá, de verdad.
Ella volvió a suspirar.
-Bueno, hijito, me imagino que este asunto del Oscuro es lo mismo que lo del señor Bop y de la Toody Troot.
-¡No, no! -Stevie negó con la cabeza-. Nada de eso. El señor Bop y Toody Troot son buenos. Pero el Oscuro es malo.
-Bueno, pues no vuelvas a jugar con él.
-Yo no juego con él -protestó Stevie-. Lo tengo encerrado con magia.
-Perfectamente, hijo. -Ella se levantó y se sacudió el polvo de los fondillos del pantalón-. Sólo que, por amor de Toody Troot, no dejes que Arnold vuelva a lastimarse -le sonrió a Stevie.
Stevie le devolvió la sonrisa.
-Vale, mami, pero fue culpa suya. Descruzó los dedos. Es un nene.
La siguiente vez que fue al arenal, a jugar a vaqueros con Eddie, su burrito, Stevie oyó al Oscuro que le llamaba. Le llamaba tan dulce y suavemente que cualquiera hubiera pensado que se trataba de algo bueno y agradable. Pero Stevie podía sentir el maligno rugir en lo profundo, bajo la apariencia agradable, así que se cercioró de tener a mano su pieza de bolsillo, espantó al burrito Eddie, fue al agujero y se sentó en el suelo delante de él.
El Oscuro permaneció tras la barrera de piedras mágicas. Había cobrado la apariencia de Arnold, pero los ojos no coincidían y se había olvidado una oreja. Estaba todo él cubierto de pecas, como el rostro de Arnold.
-¡Hola! -dijo el Oscuro por su boca de Arnold-. Vamos a jugar.
-No -dijo Stevie-. No me puedes engañar. Sigues siendo el Oscuro.
-No te voy a hacer daño. -El rostro del falso Arnold se estiró hacia un lado queriendo formar una sonrisa, pero no resultaba muy convincente-. Déjame salir y te mostraré cómo podemos divertimos a tope.
-No -dijo Stevie-. Si no fueras malo, la magia no podría contenerte. Yo no quiero jugar con cosas malas.
-¿Por qué no? -preguntó el Oscuro-. A veces ser malo es divertido… muy divertido, en realidad.
-Me imagino que sí -dijo Stevie-, pero solamente si es un poquito malo. Ser muy malo le pone a uno malo el estómago y además luego hay que llevar unos azotes o un cara a la pared y después mucho cariño de mamá o papá antes de que todo vuelva a estar bien.
-¡Venga, vamos! -dijo el Oscuro-. Estoy muy solo. Nadie viene nunca a jugar conmigo. Me gustas, me caes muy bien. Déjame salir y te daré una bicicleta de dos ruedas.
-¿De veras? -Stevie sintió una especie de calor interior-. ¿Lo dices de verdad?
-De verdad. Y un gato de tres patas y media.
-¡Oh! -Stevie se sentía como si fuera la mañanita del día de Navidad-. ¿En serio, en serio?
-En serio. Todo lo que tienes que hacer es quitar las piedras y romper el amuleto de tu bolsillo y yo me encargaré de que tengas todo eso.
-¿Mi amuleto de bolsillo? -La calidez interior se estaba desvaneciendo.- No señor, tampoco pienso romperlo. Es la cosa más mágica que tengo y me costó mucho hacerla.
-Pero yo te puedo dar una magia mejor.
-Nada puede ser más mágico -Stevie apretó la mano en torno a su amuleto-. Y además, papá dijo que podría tener una bici de dos ruedas para mi cumpleaños. Yo voy a cumplir seis aftos. ¿Cuántos años tienes tú?
El Oscuro se movió adelante y atrás.
-Yo soy tan viejo como el mundo.
Stevie rió.
-Entonces tienes que conocer a mi tía Phronie. Papá dice que es más vieja que las montañas.
-Las montañas son jóvenes -dijo el Oscuro-. Vamos, Stevie, déjame salir. Por favor… vamos, amigo mío, te lo ruego.
-Bueno -Stevie alargó la mano para recoger la bonita piedrecilla roja-. Promete que serás bueno.
-Lo prometo.
Stevie dudaba todavía. Percibía algo raro en la voz del Oscuro. Sonaba como la gata Lili cuando les ronroneaba a los ratones que cazaba. Tenía el mismo tono que su perro Puchy cuando le gruñía a las ardillas de tierra que de cuando en cuando se comía. Hacía que Stevie se sintiera raro por dentro, y mientras permanecía sentado pensando qué sensación era aquélla, saltó un brillante relámpago sobre las copas de los árboles y cayeron unos cuantos goterones al tiempo que se oía el restallar de un trueno.
-Bueno -dijo Stevie, poniéndose de pie, y sintiéndose aliviado-. Va a llover. Ahora no puedo jugar contigo. Tengo que irme. A lo mejor puedo venir a verte mañana.
-¡No, ahora! -dijo el Oscuro-. ¡Déjame salir ahora mismo! -con el falso rostro de Arnold todo retorcido. Un ojo se le estaba escurriendo carrillo abajo.
Stevie comenzó a recular, asustado, con los ojos muy abiertos.
-En otro momento. No puedo jugar en el arenal cuando hay tormenta. Podría haber una crecida del río.
-¡Déjame salir!
El Oscuro se estaba enfureciendo. El falso Arnold se estaba poniendo morado de ira. Los ojos se le corrieron rostro abajo, como fuegos fatuos y volvieron a fundirse en negrura.
-¡Déjame salir!
El Oscuro golpeó con tanta fuerza el signo mágico que hizo estremecerse la arena y una de las piedras comenzó a rodar. Veloz como un conejo, Stevie clavó con fuerza la piedra en la arena, y fijó firmemente las demás. Entonces el Oscuro se retorció y convirtió en una cosa tan repulsiva que a Stevie se le revolvió el estómago y le entraron ganas de vomitar. Sacó su amuleto y dibujó tres grandes signos mágicos sobre la arena; el Oscuro gritó con tanta fuerza que Stevie gritó también, y huyó corriendo a casa a los brazos de mamá, y se puso muy malito.
Mamá le metió en la cama, le dio un poco de medicina para confortarle el estómago y le dijo a papá que había que comprarle a Stevie un sombrero. El sol daba demasiado fuerte para que un niño de pelo rubio tan claro fuera con la cabeza descubierta a mitad de julio.
Después de aquello, Stevie se mantuvo apartado del arenal durante algún tiempo, pero un día el burrito Eddie volvió a abrir la cancilla con los dientes y se fue vagabundeando por la carretera, dirigiéndose al arenal. Había vuelto a haber tormenta en los montes Whetstones. Mamá dijo:
-Más vale que vayas tras Eddie. La crecida cubrirá el arenal esta tarde, y si coge a Eddie la corriente le arrastrará hasta el rio.
-¡Bah, Eddie sabe nadar! -dijo Stevie.
-Claro que sabe, pero no en la corriente rápida de la crecida. Acuérdate de lo que le pasó el año pasado al caballo de Durkin.
-Sí que es verdad -dijo Stevie con los ojos muy abiertos-. El pobre se ahogó. Incluso pasó por encima de la presa. Estaba muerto.
-Muy muerto -dijo riendo la madre-. Así que lárgate corriendo a traer de vuelta a Eddie. Pero, escúchame bien, si hay algo de agua en el arenal, por poca que sea, no te metas en él. Y si empieza a correr algo de agua mientras estás en él, sal corriendo de allí.
-Vale, mamá.
Así que Stevie se puso las sandalias -porque había demasiados pinchos y espinas en el camino para ir descalzo- y salió en busca de Eddie. Le fue siguiendo el rastro cuidadosamente, como papá le había enseñado a hacer -todo inclinado hacia adelante- y sólo tuvo que mirar dos veces para ver dónde estaba, para estar seguro de seguir las huellas debidas. Finalmente, le siguió el rastro hasta el arenal.
El burro Eddie estaba comiendo habas de mezquita de un arbusto situado frente al Oscuro, en el otro lado del arenal. Stevie extendió la mano y agitó los deditos, para llamar su atención.
-Ven acá, Eddie, ven acá, viejo amigo.
Eddie movió las orejas a modo de saludo a Stevie y le miró por el rabillo del ojo, pero siguió royendo las largas vainas, recogiendo los belfos y estirando los dientes para que las espinas no le laceraran los labios demasiado. Stevie caminó con lentitud y cuidado hacia Eddie, hablándole con dulzura, engatusándole, y estaba justamente haciendo deslizar la mano por el lomo para asir la vieja cuerda astrosa que le rodeaba el cuello cuando Eddie decidió asustarse y dar un bote con las cuatro patas a la vez.
Se escabulló dando, saltitos y atravesó hacia el otro lado del arenal, haciendo caer de bruces a Stevie sobre la gruesa arena, entremezclada de grava.
-¡Adonde vas, Eddie! -gritó Stevie, poniéndose en pie-. ¡Vuelve acá enseguida! Tenemos que salir del arenal. Mamá se va a enfadar mucho con nosotros. ¡Por qué eres tan malo!
Stevie salió corriendo tras Eddie, y éste siguió jugando a hacerse el asustado. Batió a uno y otro lado con su cola correosa y trató de trepar por la orilla casi cortada a plomo del arenal. Sus patas delanteras escarbaban en la orilla, mientras las traseras coceaban arena. Entonces patinó y cayó sobre las cuatro patas y allí se quedó plantado, con la cabeza en alto apoyada en el terraplén, sin moverse lo más mínimo.
Stevie se acercó andando muy despacito y comenzó a asir la vieja cuerda. Stevie se percató entonces del lugar donde Eddie se había plantado.
-¡Vaya, Eddie! -dijo el niño, acuclillándose en la arena-. Mira dónde te has metido y lo que has hecho. Has apartado a coces toda mi magia. Has dejado salir al Oscuro. Ahora no hay nada de lo que tengo que Arnold no lo tenga también. ¡Maldita sea, Eddie!
Se levantó y le propinó a Eddie una fuerte palmada en el flanco. Pero Eddie se quedó donde estaba: su flanco tenía un tacto curioso, como si estuviera rígido y frío.
-¡Eddie! -Stevie tiró con fuerza de la cuerda y la cabeza de Eddie se volvió… a saltos, como si fuera una cancilla vieja. Las patas de Eddie se movieron después, pero de una manera lenta y desmañada, hasta que final mente Eddie se dio la vuelta.
-¿Qué te pasa, Eddie? -Stevie puso la mano sobre el morro de Eddie y lo escrutó de cerca. En los ojos del burrito algo estaba mal. Seguían siendo grandes y oscuros, pero no parecían ver ni a Stevie ni a ninguna otra cosa; parecían como vacíos. Y mientras Stevie miraba a lo profundo de ellos, les sobrevino una especie de oscuridad en volutas, como las que hace el humo al salir por una rendija, y enseguida los ojos comenzaron otra vez a ver. Stevie empezó a recular, con las manos extendidas frente a sí.
-Eddie -susurró-, Eddie, ¿qué te pasa? -Y Eddie echó a andar tras él; pero no como Eddie hacia, no con patas ágiles que hacían saltar salpicaduras de arena, sino lento y desacompasado, primero las dos patas de un mismo lado a la vez, las dos del otro lado después, como un caballete de madera, como algo que no tuviera costumbre de usar cuatro patas. El corazón de Stevie se puso a latir con fuerza bajo la camiseta, y él reculó aún más rápidamente-. Eddie, Eddie -suplicó-. Por favor, Eddie, no lo hagas. No hagas eso. Sé bueno. Tenemos que volver a la casa.
Pero Eddie siguió avanzando, más rápidamente cada vez al ir moviendo las patas con mayor soltura y actuar éstas mejor, clavados los ojos en Stevie. Stevie siguió reculando, hasta que tropezó con el viejo tronco de un álamo que una crecida había hecho caer en la última tormenta. Se amagó y escondió tras el tronco. Eddie continuó arrastrando las patas por la arena hasta que finalmente tropezó también con el tronco; sus patas continuaban moviéndose, a pesar de que no podía seguir avanzando. Stevie alargó una mano temblorosa para acariciar el morro de Eddie. Pero la retiró rápidamente y se quedó mirando y mirando a Eddie desde el otro lado del tronco. Y Eddie le devolvía la mirada con unos ojos desorbitados y brillantes como relámpagos tranquilos. Stevie tragó la sequedad de la garganta y entonces lo supo.
-¡El Oscuro! -susurró-. Es el Oscuro. Se ha escapado. ¡Se ha metido en Eddie!
Se dio la vuelta y comenzó a correr por el arenal como un gato acorralado. Se oyó un terrible chillido procedente de Eddie. No un rebuzno, no en modo alguno, y Stevie miró hacia atrás y vio a Eddie -al Oscuro- venir tras él, sólo que ahora las patas le funcionaban mejor, traía abierta su enorme boca, mostrando sus grandes dientes, todos brillantes y amarillentos. La arena sorbía los pies de Stevie, obligándole a avanzar a trompicones. Tropezó con algo y cayó. Volvió a levantarse, y al querer hacerlo, sus manos chapotearon en agua. ¡La escorrentía de las Whetstones se echaba encima, y Eddie se encontraba en el banco de arena!
Pudo oír el chapaleo de Eddie al correr por el agua tras él. Stevie miró hacia atrás y echó a correr hacia la empinada orilla. La cara de Eddie ya no era la de Eddie. La boca de Eddie parecía estar llena de una oscuridad contorsionante; las patas de Eddie habían aprendido a correr como lo hacen los burros y ahora Eddie podía ganar a Stevie en la carrera cuando se le antojara. El agua seguía subiendo y Stevie la sentía hacer presa en sus pies y arrancar la arena bajo sus plantas a cada paso que daba. Allá a lo lejos, Stevie oyó a mamá gritarle con todas sus fuerzas:
-¡Stevie, sal del arenal!
Y Stevie se puso enseguida a trepar por el empinado bancal, clavándose las espinas en las manos y llenos los ojos de la fina arena legamosa. Oyó llegar a Eddie, y a mamá gritar ´¡Eddie!ª. Allí, tras él, estaba Eddie tratando de subir por el terraplén, la boca abierta y babeante.
Entonces, Stevie se enfureció de veras.
-¡Condenado seas. Oscuro maldito! -gritó Stevie-. ¡Deja en paz a Eddie!
Aunque sólo podía sujetarse a los arbustos con una mano, escarbó en su bolsillo y sacó de él su amuleto. Lo miró -su amuleto de bolsillo, de valor incalculable- dos trozos de palillo de helado atados entre sí, con lo que se parecían un poco a un aeroplano, y arriba, garrapateadas al bies, las letras mágicas INRI. Stevie lo empuñó con fuerza, y después gritó y lo lanzó directamente a las fauces de Eddie, directamente a su garganta, a la negrura arremolinada y repulsiva de las entrañas de Eddie.
Eddie lanzó un chillido aterrador y se oyó un estruendo como el de un reventón. Stevie perdió el asidero del matorral y cayó en las aguas rápidas y rugientes. Mamá estuvo enseguida a su lado reanimándole, gritando su nombre una y otra vez al vadear hacia un punto más bajo del ribazo, mientras el agua se arremolinaba en torno a sus rodillas, haciendo vacilante su andar. Stevie se colgó estrechamente de ella y sollozó:
-¡Eddie, Eddie! ¡Qué te ha hecho ese Oscuro tan malo! ¡Me hizo tirar mi pieza de bolsillo! ¡Mamá, mamá! ¿Dónde está Eddie?
Mamá y él lloraron juntos en la arena llena de espinas de lo alto de la ribera, mientras las aguas de la crecida rugían estruendosas al bajar por el rio, arrastrando a Eddie, barriendo y limpiando el arenal, de orilla a orilla.

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