de Ray Bradbury, Borracho y a cargo de una bicicleta

[…] Cuando yo tenía tres años mi madre me metía a hurtadillas en un cine dos o tres veces por semana. Mi primera película fue El Jorobado de Notre Dame, de Lon Chaney. Aquel lejano día de 1923 se me curvó para siempre la columna y la imaginación. A partir de entonces supe reconocer a un maravillosamente grotesco compatriota de la oscuridad no bien lo veía. Corría una y otra vez a ver las películas de Chaney para deleitarme de miedo. Llevaba a horcajadas sobre mi vida al Fantasma de la ”pera, de capa escarlata. Y cuando no era el Fantasma era la terrible mano que gesticulaba detrás de la biblioteca en El gato y el canario, invitándome a buscar más oscuridad escondida en los libros.


Yo estaba enamorado, por entonces, de los monstruos y los esqueletos y los circos y las ferias y los dinosaurios y, por último, del Planeta Rojo.
Con esos primitivos ladrillos he construido una vida y una carrera. Todo lo bueno de mi existencia me ha venido de mi duradero amor por esas cosas sorprendentes.
En otras palabras, a mí los circos no me incomodaban, como le ocurre a algunos. Los circos son estridentes, vulgares, y al sol huelen mal. Hacia los catorce o quince años, mucha gente ya ha sido apartada de sus amores, de sus gustos antiguos e intuitivos, uno a uno, hasta que al llegar a la madurez no les queda nada de alegría, de garra, de entusiasmo, de sabor. Las críticas ajenas, y las propias, los han puesto incómodos. Cuando a las cinco de una oscura y fría mañana de verano llega el circo, y suena el organillo, en vez de levantarse y salir corriendo se remueven en sueños, y la vida pasa de largo.
Yo sí que me levantaba y salía. A los nueve años aprendí que hacía bien y todo el mundo se equivocaba. Aquel año entró en escena Buck Rogers y fue un amor instantáneo. Coleccionaba las tiras diarias, y las tiras me enloquecían la locura. Los amigos me criticaban. Los amigos se burlaban. Rompí las tiras de Buck Rogers. Me pasé un mes vagando por mis clases de cuarto curso aturdido y vacío. Un día me eché a llorar preguntándome qué desastre había caído sobre mí. La respuesta era: Buck Rogers. El ya no estaba, y la vida simplemente no valía la pena. A continuación pensé: éstos no son amigos; estos que me hicieron romper las tiras y así me rompieron la vida por el medio; son enemigos.
Volví a coleccionar Buck Rogers. Desde entonces he sido feliz. Porque así empecé a escribir ciencia ficción. Desde aquella vez nunca le he prestado atención a nadie que criticara mi gusto por los viajes espaciales, las barracas de feria o los gorilas. Cuando esto ocurre, meto mis dinosaurios en el bolso y me voy de la habitación.
Porque todo es abono, ¿comprenden? Si durante una vida no me hubiera llenado los ojos y la cabeza con todas esas cosas, a la hora de asociar palabras y convertirlas en ideas de relatos, sólo hubiera alumbrado una tonelada de cifras y media tonelada de ceros.
´La praderaª es un buen ejemplo de lo que ocurre en una cabeza llena de imágenes, mitos y juguetes. Hace unos treinta años me senté un día a la máquina y escribí estas palabras: ´El cuarto de juegosª. ¿Un cuarto de juegos de cuándo? ¿Del Pasado? No. ¿Del Presente? Difícil. ¿Del Futuro? ¡Sí! Bien, pues, ¿cómo sería un cuarto de juegos de algún año futuro? Me puse a escribir, asociando palabras alrededor del cuarto. Debía tener monitores de televisión en todas las paredes y en el techo. Paseándose en un medio así, un niño podría gritar ´¡El Nilo! ¡Esfinges! ¡Pirámides!ª, y las cosas aparecerían, rodeándolo, a todo color, todo sonido y, ¿por qué no?, con gloriosas, tibias fragancias y olores y perfumes -elige el que quieras- para la nariz.
Todo esto se me ocurrió en pocos segundos de teclear rápidamente. Ahora que conocía la habitación, tenía que ponerle personajes. Tecleé un personaje llamado George y lo llevé a una cocina del futuro, donde su mujer se volvió y le dijo:
-George, quiero que le eches una mirada al cuarto de juegos. Creo que se ha estropeado…
George y su mujer salen al corredor. Yo los sigo, tecleando como un loco, sin saber qué va a pasar. Abren la puerta del cuarto de juegos y entran.
África. Sol candente. Buitres. Carne muerta. Leones. Dos horas más tarde los leones saltaban de las paredes del cuarto de juegos y devoraban a George y su mujer, mientras los hijos tele-dominados bebían té sentados cerca.
Fin de la asociación de palabras. Fin del cuento. Todo completo y casi listo para enviarse, una idea en explosión, en alrededor de 120 minutos.
¿De dónde venían los leones de ese cuarto?
De los leones que yo había encontrado a los diez años en los libros de la biblioteca del pueblo. De los leones que había visto a los cinco en los circos de verdad. ¡Del león que en 1924 merodeaba en El que recibe bofetadas, la película de Lon Chaney! […]

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